El terrible, putin y el eco de un terror medieval
Moscú revive fantasmas. La sombra de Iván el Terrible, zar ruso del siglo XVI, se proyecta sobre la actual campaña militar en Ucrania, una comparación que historiadores y analistas no tardan en establecer. Un paralelismo inquietante que, además, se ve avivada por los intentos de la élite rusa de rehabilitar la imagen de un monarca cuyo reinado se caracterizó por la crueldad y la paranoia.
Un zar enclaustrado: el origen de la opríchnina
Iván IV, apodado “el Terrible” por su temperamento violento, vivió la segunda mitad de su mandato recluido en un monasterio, Vladímir, desde donde orquestó la Opríchnina (1565-1572). Esta campaña, un sistema de terror y expolio, se asemeja a las tácticas empleadas en el conflicto ucraniano, con la expropiación de tierras y la represión como elementos centrales. La Opríchnina, lejos de ser una policía secreta al estilo del KGB, fue un estado dentro del estado, una zona de excepción donde la ley se disolvía en la voluntad arbitraria del zar.
Pero la historia de Iván IV es mucho más compleja que una simple tiranía. Su primer mandato, marcado por la consolidación del Estado ruso forjado por su abuelo, Iván III, fue de relativa prosperidad. Creó una burocracia estatal, limitó el poder de la nobleza, inició la conquista de Siberia y obtuvo victorias sobre los canatos del Volga. Sentó las bases del futuro imperio ruso con la creación de un consejo estatal (Rada) y un protoparlamento (Asamblea de la Tierra), aunque esta prometedora trayectoria se truncó abruptamente.
La repentina muerte de su esposa, Anastásia, en 1560, y las profundas paranoias que atormentaban al zar desde su infancia, contribuyeron a su progresiva deriva hacia el despotismo. El 3 de diciembre de 1564, Iván IV abdicó y se retiró al monasterio de Alexándrovskaya Slobodá, alegando la presencia de enemigos y traidores en Moscú. Su regreso se produjo solo tras la presión de nobles y clérigos, pero con una condición: la prerrogativa de perseguir y expropiar a sus opositores sin restricciones.
La Opríchnina, una guardia pretoriana al servicio del terror, alcanzó su clímax con el sangriento asesinato de miles de personas en la ciudad libre de Veliki Nóvgorod en 1570. Esta brutalidad, sumada a las pérdidas económicas derivadas de la desastrosa campaña militar en Livonia, debilitaron gravemente al Estado ruso, precipitando la Smuta, un período de anarquía y caos que culminó con la invasión polaca de Moscú.
La comparación con el actual líder ruso, Vladímir Putin, es inevitable. Al igual que Iván el Terrible utilizó la expropiación de la nobleza para financiar sus guerras, Putin ha recurrido a tácticas represivas y a la anexión de territorios para consolidar su poder. El escritor ruso Vladímir Sorokin, en su novela distópica El día del Opríchnik, predijo un futuro en el que un zar absolutista gobernaría Rusia desde el Kremlin, rodeado de una Gran Muralla y con una lengua plagada de palabras chinas. Una profecía que, a la luz de los acontecimientos actuales, adquiere un significado escalofriante.

Un legado de terror y debilidad
La historia de Iván el Terrible es un recordatorio sombrío de cómo el poder absoluto puede corromper y cómo las ambiciones desmedidas pueden conducir a la ruina de un imperio. La Smuta, que marcó el final del segundo Estado ruso, es una advertencia para la Rusia contemporánea y un eco del pasado que resuena con fuerza en el presente. El oscuro legado del Terrible, lejos de ser olvidado, se ha convertido en un espejo donde la Rusia de Putin se observa, quizás con demasiada complacencia, reflejada.