El trastorno bipolar se disfraza de éxito y la mitad no lo nota hasta los 25
A los 20 años parecía el alma de la fiesta: estudiaba, trabajaba y no paraba. A los 26 pasaba semanas sin salir de la cama. Entre medias, nadie —ni ella— vio venir el trastorno bipolar. La historia se repite: entre un 1 y un 3 % de la población española convive con una enfermedad que se hace pasar por hiperactividad juvenil y que, según el doctor José Ángel Alcalá, jefe de Psiquiatría de Quirónsalud Córdoba y Jaén, «suele debutar cuando la vida más exige: la facultad, el primer empleo, la mudanza de casa».
La genética aprieta y el estrés dispara
La herencia lo explica casi todo: hasta un 90 % de riesgo si hay un familiar de primer grado afectado. El problema es que los primeros síntomas —insomnio, gasto desmesurado, charlas kilométricas— parecen virtudes en un currículum. «Muchos padres se enorgullecen de un hijo que no para. Luego llega la caída y se derrumba en 48 horas», advierte Alcalá. El pico más letal se sitúa entre los 25 y los 40 años, cuando los ciclos se aceleran y el diagnóstico se demora una media de siete años.
El error cuesta vidas. El 60 % de los pacientes intenta suicidarse al menos una vez; el 20 % lo consigue. Por eso el especialista pide escudriñar la historia familiar y no celebrar la hiperenergía como un don. «Una semana durmiendo tres horas sin cansarse no es rendir más; es una señal de alarma», subraya.

El litio vuelve a ser oro y la rutina, escudo
Tras la confirmación, el plan es militar: litio para frenar la montaña rusa del ánimo, psicoeducación para que el paciente aprenda a leer su propio cuerpo y terapia cognitivo-conductual para desmontar pensamientos veloces. «No vale con recetar; hay que enseñar a detectar el primer día sin sueño», dice Alcalá. El estilo de vida pesa igual que la medicación: alcohol cero, cannabis prohibido, ejercicio moderado y una hora de acostarse que no se negocia.
Los antidepresivos se usan con pinzas: una dosis mal calculada puede lanzar al paciente a una manía descontrolada. En las fases agudas entran antipsicóticos de alto potencial y, en los casos extremos, hospitalización para proteger del delirio de grandeza que lleva a endeudarse o fugarse.
El trabajo y la pareja sí son posibles
Con tratamiento, el 75 % logra estabilidad a largo plazo. La clave es el entorno: familia que no criminalice los altibajos y empresas que accepten horarios flexibles cuando la alarma de sueño suena. «Un paciente estable es más fiable que muchos 'normales' sin chequeos», ironiza el psiquiatra. El último escollo es la somatización: la mitad desarrolla hipertensión, obesidad o diabetes por el estrío crónico. «La bipolaridad no está sola; si no la miras de frente, te rodea», concluye.
Mañana, 30 de marzo, se enciende otra vez la luz azul por el Día Mundial. La enfermedad seguirá ahí, disfrazada de carisma o de flojera. La diferencia entre caer o salir adelante empieza en una sola cosa: alguien que se atreva a preguntar «¿y si no es solo un bajón?».