El viacrucis que nadie pidió: deportados en tapachula claman contra el infierno burocrático
Tapachula apesta a sudor, kerosén y esperanza quemada. A las ocho de la mañana, bajo un sol que ya castiga, unos trescientos migrantes levantan cruces de cartón y se plantan en la carretera. No vienen de la iglesia; vienen de los vuelos de la vergüenza que Washington organiza a la desbandada. Su Viacrucis no es teatro pascual: es la única forma que encontraron para decirle al mundo que siguen vivos después de haber sido devueltos al punto cero.
La piñata de trump arde en el infierno fiscal
En la esquina del mercado de San Juan, una piñata naranja con peluca rubia se convierte en hoguera. «Esto es lo que nos hizo», grita Orlando Guillén, cubano deportado tras 35 años en Florida. Mientras el cartón se consume, la muchedumbre corea «¡Ni uno más!». El humo sube y se mezcla con el de los coches que cruzan hacia Guatemala. Nadie se inmuta: en Tapachula, la indiferencia es el deporte local.
El padre Heyman Vázquez, párroco de Hidalgo que viajó 12 horas para acompañar la marcha, aprieta los labios: «El gobierno mexicano sigue viendo al migrante como un ATM con pies». La frase suena a exageración hasta que Luis Rey García Villagrán, del Centro de Dignificación Humana, suelta la cifra: 62 000 extranjeros varados en la ciudad, 14 000 expedientes de asilo congelados en la Comar y cero inspectores sancionados por extorsión. «El negocio es redondo: te detienen, te piden lana, te sueltan y al día siguiente te vuelven a parar», resume.

Tapachula: la trampa que se llama libertad
La estación migratoria Siglo XXI parece un centro comercial abandonado: aire acondicionado roto, ventanas selladas y un olor a lejía que no disimula el hacinamiento. Ahí dentro, cuatro haitianos que piden no dar sus apellidos dibujan un mapa con tiza: «EE.UU.→México→¿?». El interrogante es su vida. «Prometieron 3 000 pesos semanales en el mango, pero el patrón paga 120 al día y te descuenta el agua», dice uno. La cifra habla por sí sola: menos del salario mínimo y medio de lo que cobra un chiapaneco por la misma faena. «Somos mano de obra desechable con etiqueta de refugiado», sentencia.
La marcha llega al parque central. Allí, Raúl, otro cubano, despliega una sábana con fotos: su esposa en Nueva Jersey, sus hijos con uniforme escolar. «El gobierno mexicano me dio un papel que dice “estás libre”, pero no puedo salir de Chiapas». La ironía duele: la supuesta libertad es una cárcel de 74 000 km². «Si cruzo el retén de Comitán, me multan; si intento volar a Monterrey, me regresan. ¿Dónde está la libertad?», pregunta. Nadie responde.
Lo que nadie cuenta es que el viacrucis termina donde empezó: en la estación de autobuses. Allí, los migrantes compran boletos a Cd. de México que nunca podrán usar: la policía federal sube al pasillo y baja a los que no tienen la nueva tarjeta de visitante. El ciclo se reinicia. «Es la estación del infierno versión tercermundista», suelta Vázquez mientras abraza a una venezolana que llama a su madre desde un WhatsApp prestado.
El costo de la indiferencia
Al caer la tarde, la piñata de Trump ya es ceniza. Un vendedor de elotes la barre con la misma indiferencia con que la ciudad entera barre migrantes. Pero hay un dato que Tapachula no podrá ignorar: cada deportado que se quede en Chiapas costará al erario público 41 000 pesos anuales en subsidios de salud y seguridad, según cálculos del Colegio de la Frontera Sur. «Mientras tanto, Washington se ahorra 1,3 millones de dólares por cada vuelo que llena», advierte García Villagrán. La cuenta, como siempre, la pagamos todos.
La multitud se dispersa. Algunos regresan a los albergues donde duermen en colchonetas de plástico; otros se quedan en la plaza, mirando el asfalto como si ahí estuviera escrita la próxima jugada. No hay réquiem, no hay promesa de resurrección. Solo el olor a kerosén que impregna la ropa y la certeza de que mañana, cuando el sol vuelva a castigar, alguien volverá a levantar una cruz de cartón. Tapachula seguirá mirando para otro lado. Y el viacrucis, sin estación final, continuará.