Dos vecinas, tinder y un bebé: el falso erotismo que fracasa en cartelera
Florence y Violette comparten pared en un condominio de Québec y un hastío que ninguna pastilla o biberón alivia. Chloé Robichaud ha rehecho Deux femmes en or (1970) y el resultado huele a pintura fresca y a sexo de mercadillo: entran los fontaneros, salen los maridos, sobra el candor.
El juego de las visitas
La premisa parece un meme: mujeres aburridas + anuncios clasificados + ausencia de diálogo previo. Florence deja los antidepresivos en el cajón, Violette amamanta entre visitas y ambas reciben a desconocidos que vienen a «revisar la caldera». Nadie habla de estrategia; las puertas se entreabren y el guion se refugia en el mutismo para no explicar por qué el deseo se mide en destornilladores.
Robichaud filma esas secuencias con luz plana y planos fijos que parecen pedirle perdón al espectador. El cuerpo desnudo aparece, pero la cámara retrocede: no hay erotismo, sólo una anatomía que se presta. La sensación es la de un confessions franco-canadiense sin gracia: la risa queda a mitad de garganta y el drama nunca llega a creerse.

¿Tinder como villano?
En mitad del desbarajuste, una escena salva el juicio de Florence: una borrachera en la que desmenuza la lógica de Tinder, la dopamina de los match y la adicción a la posibilidad infinita. El discurso dura dos minutos y es lo único que huele a 2025; lo demás parece recuperado de un sótano de vídeo Beta.
La cinta se estrena en Reino Unido el 3 de abril; en España aún no tiene fecha. Tal vez sea mejor: el filme se resiente del salto temporal y del intento de endulzar un cuento que ya era ácido hace cinco décadas. El remake se queda en fotocopia deslavada, y las mujeres que podrían haber sido iconos terminaron siendo meros avatares de frustración.
Robichaud quiso denunciar la rutina doméstica y terminó rodando una fábula sin brújula. Florence, Violette y sus huéspedes reparadores forman un círculo vicioso que no seduce ni escandaliza: solo cansa. En la sala queda el eco de una pregunta que nadie se atreve a contestar: si el sexo es la válvula de escape, ¿por qué aquí parece otra lista de tareas pendientes?