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Uma thurman desvela por qué las villanas la hacen sentir más viva que cualquier heroína

Uma Thurman no busca redención en sus personajes: busca el punto exacto donde la moral se resquebraja. Lo confiesa sin dramatismo, como quien habla de un truco de magia que solo funciona en la oscuridad: interpretar a la antagonista le devuelve una libertad que el cine comercial le niega a las protagonistas bien comportadas.

La actriz de 53 años acaba de estrenar en la Berlinale su última incursión en el lado oscuro, La viuda negra, un thriller psicológico donde encarna a una cirujana plástica que convierte la venganza en arte. En la suite del Hotel Adlon, con la Spree gélida al otro lado del cristal, Thurman enciende un cigarro electrónico y dispara la frase que resume tres décadas de carrera: "La maldad no justifica nada, pero explica todo".

El placer de romper el molde sin pedir perdón

La mayoría de actrices recurre al villano como tarjeta de visita tardía, cuando los papeles de ingenua escasean. Thurman hizo lo contrario: desde Mia Wallace en Pulp Fiction hasta Beatrix Kiddo en Kill Bill, su filmografía es un manual de cómo desobedecer el manual. Ahora asegura que eligió a Ellen von Frankenstein —la doctora que convierte pacientes en marionetas— porque el guion olía a transgresión fresca, no a perfume barato de remake.

"Cuando lees a una villana bien escrita, el guion te grita: no me arruines con empatía", dice entre risas. "Las heroínas modernas vienen con manual de instrucciones: deben caer bien, deben tener trauma contenido, deben acabar sonriendo. Las malas solo exigen una cosa: que te creas su motivación, por enferma que sea".

El resultado es una performance que mezcla la frialdad quirúrgica de Marlene Dietrich con el hambre de poder de Bette Davis. Thurman se entrenó con forenses reales, aprendió a suturar cerdos muertos y estudió los discursos de Elizabeth Holmes para clonar su cadencia. "El público huele la investigación", suspira. "Si tu villana no tiene olor a hospital, nadie cree que pueda cortar un párpado sin parpadear".

El precio de no ser la chica de nadie

El precio de no ser la chica de nadie

Los estudios le ofrecieron tres veces el papel de la detective que persigue a Ellen. Thurman lo rechazó: "¿Otra vez la policía buena que bebe whisky sola? Prefiero ser la que vende el whisky adulterado".

Esa obstinación le ha costado dinero —admite que perdió 2,3 millones de dólares al abandonar una franquicia de superhéroes— pero le ha ganado algo que no se compra en Hollywood: el miedo respetuoso de los guionistas jóvenes. "Me mandan scripts donde la villana tiene 14 páginas de monólogo y ninguna lágrima. Eso es nuevo. Antes las malas solo servían para que el protagonista luciera más alto".

La industria, dice, sigue castigando a quien no encaja en el arco rojo de los pósters. "Las heroínas deben ser relatables, las villanas memeables. A mí me importa que sean imborrables".

En la mesa de prensa, una periodista alemana le pregunta si teme que su hija Maya Hawke herede ese mismo ostracismo. Thurman desvía la mirada hacia la ventana: "Le regalé su primer cuchillo de teatro cuando cumplió 16. No para que hiera, sino para que recordara que el filo también sirve para abrir puertas".

El legado se mide en cicatrices, no en premios

El legado se mide en cicatrices, no en premios

Lleva 34 años en la pantalla, un Oscar de honor por Pulp Fiction que usa como pisapapeles y dos Globos de Oro que admite haber perdido en una mudanza. "Los trofeos oxidan, las escenas no", sentencia.

Su nombre aparece en los manuales de acting de cuatro universidades americanas, pero lo que la hace sonreír es un TikTok de 2022 donde una adolescente imita la danza de Mia Wallace en el restaurante retro. "Esa niña nació después de que rodáramos la escena. Si tu villana sobrevive a la moda, has ganado".

Antes de despedirse, Thurman se pone los guantes de látex que usó en la filmación y firma un autógrafo con tinta invisible: solo se lee bajo luz ultravioleta. "Así aprenden los fans: lo verdadero a veces necesita oscuridad para verse".

La entrevista termina y la actriz desaparece por el pasillo, dejando un rastro de perfume clínico y la certeza de que, en un negocio obsesionado con la redención, ella prefiere la perfección del mal contado sin remordimientos.