Eugenia de alba frena a su hermano y abraza la apertura de los palacios: «estamos súper bien, no me metas en líos»

Eugenia Martínez de Irujo no quería guerra. Venía a Madrid a disfrutar del concierto de Rosalía y salió en defensa de la única cosa que, tras décadas de pleitos, aún no se ha roto: la tregua entre hermanos. «A mí me parece maravilloso que los palacios estén abiertos», soltó ante los micrófonos de Antena 3, y antes de que le preguntaran por la bronca que Cayetano había encendido 24 h antes, ya le mandó un aviso: «No me metas en otro lío que estamos súper bien. Adiós». Cortó seco. Con la misma energía que usa para despedir a los cronistas cuando se le mete entre ceja y ceja.

Cayetano se atrincheró en la memoria de su madre para frenar las visitas

El duque de Arjona había cargado contra su hermano Carlos, actual titular de la Casa de Alba, por convertir Liria, Dueñas y Monterrey en parque temático de 18 € la entrada. «Mi madre no habría permitido que se conviertan en museos», afirmó en la misma cadena, convencido de que Cayetana habría defendido la intimidad a capa y espada. La frase cayó como una bomba en la familia: la duquesa llevaba años meditando abrir las puertas para pagar facturas millonarias de mantenimiento, pero nunca llegó a verlo. Ahora, quien sí lo ve es Carlos, y la estrategia le está funcionando: más de 250 000 visitantes en 2023 y unos ingresos que, según fuentes cercanas, rondan los 5 millones anuales entre entradas, eventos y merchandising de lujo.

Eugenia, la menor del clan, prefiere no mirar atrás. En los pasillos del Movistar Arena confesó que lleva meses sin discutir con nadie y que, por primera vez desde la muerte de su madre en 2014, los seis hermanos se han sentado en la misma mesa sin que el cuchillo de la herencia asome entre plato y plato. El centenario de Cayetana, celebrado en Liria el pasado octubre, sirvió como foto de familia: todos de negro, todos sonriendo, todos jurando que la guerra había terminado. «No voy a ser yo la que rompa esa tregua», repite a quien la escuche.

El negocio del patrimonio ya no admite vetos

El negocio del patrimonio ya no admite vetos

Mientras tanto, los palacios siguen llenos. En Liria se acaban de estrenar visitas nocturnas con copa de cava incluida: 45 € por recorrer la galería de Tiziano de diez de la noche a medianoche. En Dueñas, los fines de semana hay cola para ver el patio donde Madonna posó en 1995. Y en Monterrey, la familia acaba de cerrar un acuerdo con Netflix para rodar una serie de época que dejará medio millón en arcas. La marca Alba ya no vende solo títulos: vende experiencia, y el mercado no entiende de escudos nobiliarios.

Cayetano lo sabe. Por eso su rebelión suena más a desahogo que a estrategia. A sus 54 años, y sin cargo en la fundación que gestiona el patrimonio, su único poder es la voz. Eugenia, en cambio, ha elegido el silencio rentable: disfruta de la prensa del corazón, cobra por apariciones y se niega a firmar ningún papel que no sea de abrazos. «¿Para qué voy a pelearme? Ya pagué mi juicio del alma», dijo a una amiga días antes del concierto. El alma, claro, y también la herencia: vendió su parte del palacio de Arjona en 2018 y se compró un ático en el barrio de Salamanca sin hipoteca.

La noche acabó con Rosalía pidiendo «perreo intenso» y Eugenia bailando en la zona VIP junto a Narcís Rebollo, empresario audiovisual que factura con contenidos de palacios y duques. La ironía es tan perfecta que ni ella la vio. Al salir, los flashes la esperaban. Sonrió, se ajustó el abrigo de visón y dejó caer la frase que mañana llenará portadas: «Lo de casa ya está zanjado». No aclaró si se refería al patrimonio o a la paz familiar. Ambas cosas, quizá, acaben siendo lo mismo: un negocio redondo que se sostiene mientras nadie vuelva a abrir la boca. Por ahora, la única que ha cerrado la suya es ella. Y ahí la dejamos.