Falta un mar de agua para saber cuánto mide el túnel del narco en ceuta
El agua aún lo cubre todo. Tres metros de lodo y desecho flotan sobre el narcotúnel del polígono Tarajal y la Policía calcula que tardarán días en vaciarlo del todo. Mientras tanto, el pasadizo —el segundo que se localiza en esa franja de Ceuta que da la espalda a Marruecos— guarda sus secretos bajo una capa impenetrable que huele a gasoil y a salmuera.
El comisario Antonio Martínez Duarte, jefe de la UDYCO Central, y su hombre en la ciudad, Pedro Ignacio Ferrer, comparecieron este martes para explicar lo poco que saben y lo mucho que sospechan. Reconocieron que el túnel dejó de latir el pasado verano, cuando los narcos lo abandonaron tras una operación relámpago que les permitía introducir sacos de hachís en la península sin pasar por la aduana. El dispositivo, calcado al que la Policía desmanteló en 2022, tenía luz artificial, ventilación casera y un ancho suficiente para que un hombre arrastrara fardos a gatas.

El regimiento de ingenieros y un dron sumergido trazan el mapa del hundimiento
Para trazar el mapa del hundimiento han reclutado a los bomberos, al Regimiento de Ingenieros de Ceuta y a un dron sumergido que recorre los conductos como un pez en acuario envenenado. Las imágenes, que la Policía no ha mostrar aún, revelan un laberinto de hierro oxidado y tuberías de PVC que se ramifica bajo la nave 43 de la calle Galicia. La teórica longitud: entre 100 y 120 metros. La realidad: nadie lo certificará hasta que el agua no se lo trague el Mediterráneo.
La investigación, bautizada como Operación Caliph, ha dejado ya 27 detenidos repartidos entre Ceuta, Cádiz, Málaga y Pontevedra. La red era, según el delegado del Gobierno, Miguel Ángel Pérez, «la mayor plataforma de distribución de hachís de España». Entre los arrestados hay camioneros, empleados de una empresa de logística y dos guardias civiles retirados que presuntamente vigilaban la zona. La incautación provisional: 17 toneladas de resina que, en el mercado parisino, rondan los 85 millones de euros.
El polígono Tarajal, un rectángulo de 120 naves industriales pegadas a la verja, agoniza. La mitad de los talleres que antes cosían pantalones para exportar a Marruecos llevan dos años con la persiana baja. «Aquí antes olía a tela; ahora huele a cloroformo y a miedo», dice Mustafá Mohamed, dueño de un almacén de recambios que cierra a finales de mes. La culpa, dicen los vecinos, no es sólo el túnel; es la sequía de clientes, el miedo a inspecciones constantes y la sombra de que cualquier furgoneta puede terminar en el atestado.
La Policía avisa: el pasadizo podría haber tenido ramificaciones secundarias que aún no han localizado. El agua, esa que ahora impide medir, también borra huellas. Y cuando se vacíe del todo, lo más probable es que el cemento ya haya tragado cualquier pista que identifique a los ingenieros del narco. Mientras tanto, Ceuta sigue siendo un enclave donde la verja no separa sólo territorios: separa negocios que van de la mercancía legal al fardo negro que flota bajo tierra.