Fernando bonilla usa su fama de la oficina para salvar el teatro que lo parió

Fernando Bonilla se ha convertido en Jero Ponce para millones de mexicanos gracias al remake de La Oficina en Amazon Prime, pero la televisión solo es su escaparate: el escenario sigue siendo su casa y, ahora, su batalla.

En un hilo de X publicado este fin de semana, el actor, director y dramaturgo de 38 años desglosó la cuenta de resultados de una carrera que parece un manual de supervivencia: dos premios, selección en festivales de España y Argentina, llenos en el Foro Shakespeare y, aun así, números rojos que lo obligaron a pedir prestado para pagar la renta.

La crisis llegó vestida de aplauso

2018 fue su año álgido: Algo en Fuenteovejuna y A 8 Columnas arrasaron en la cartelera de la Ciudad de México. Críticas entusiastas, butacas llenas, premios ANFT y UNAM sobre la chimenea. «Irónicamente, fue también el año en que mi cuenta bancaria tocó fondo», confiesa Bonilla. El dilema se resume en una cifra: cada función reportaba un 25 % de ingreso real después de pagar derechos, sala, iluminación y su propio sueldo de director. «Ganamos aplausos, no amortización.»

La deuda se convirtió en un personaje más del ensayo. Entonces tomó una decisión que muchos en el gremio consideran traición: empezó a audicionar para cine y televisión. «No era capitulación, era liquidez.» En otras palabras, necesitaba que su nombre apareciera en la ficha de IMDb para que luego la gente buscara su nombre en la cartelera de Centro Cultural.

De la deuda al prime time

De la deuda al prime time

El salto fue más rápido de lo previsto. El Diente de Oro (2022) abrió la puerta; La Oficina la desató. De la noche a la mañana, Bonilla pasó de cobrar 8 000 pesos por función a firmar contratos que duplican ese monto por día de grabación. «La plataforma te da exposición, pero también te presta su credibilidad», explica. Y esa credibilidad la está invirtiendo ahora en Piedras en sus bolsillos, la comedia negra que dirige y que funciona los fines de semana en el Foro Lucerna hasta el 3 de mayo.

El juego es simple: cada tuit sobre La Oficina se traduce en 120 entradas vendidas de media el fin de semana siguiente. «El algoritmo te lleva al teatro si le hablas en su idioma», dice. Y el idioma del algoritmo es la nostalgia: publicar un backstage con el logo de Scranton en versión mexicana genera más clics que cualquier crítica de El País.

El teatro como refugio, no como ruina

El teatro como refugio, no como ruina

Su padre, Héctor Bonilla, murió en 2022. Antes de irse, le dejó una frase que ahora se repite como letanía: «El teatro no te va a hacer rico, pero te va a hacer inmortal». Fernando la interpreta al revés: «Si no encuentras la forma de pagar la renta, la inmortalidad dura lo que un ensayo».

Por eso la función del próximo sábado incluye un extra: después del aplauso, Bonilla bajará al foyer a vender camisetas firmadas con la imagen de Jero Ponce. «No es merchandising, es amortización», bromea. La camiseta cuesta 350 pesos y financia dos ensayos del próximo montaje, una adaptación de Hamlet ambientada en Azcapotzalco.

El actor cierra su hilo con una promesa que suena a advertencia: «Cuando la serie termine y Amazon ya no me necesite, volveré a las tablas. Pero esta vez sin deudas». La frase tiene el tono de quien ya probó el veneno y encontró el antídoto: convertirse en productor de sí mismo, usar la pantalla como trailer y cobrar la entrada en efectivo. En México, el teatro sobrevive porque aprendió a monetizar la nostalgia del prime time. Y Bonilla, o Jero, o simplemente Fernando, ya no le tiene miedo al micrófono ni al mute del espectador: sabe que detrás de cada stream hay una butaca vacía esperando ser llenada con billetes de a doscientos.