González lópez pone la gnb en pie de guerra antes de semana santa

Caracas amaneció este lunes con 229.000 uniformados en la calle y un nuevo ministro de Defensa que aún huele a naftalina. Gustavo González López reunió a los comandantes de la Guardia Nacional Bolivariana para darles el mismo mensaje que sus antecesores: mantener el orden a cualquier precio.

El cambio de guardia que nadie pidió

La cita fue en Fuerte Tiuna, la misma fortaleza donde hace dos semanas Vladimir Padrino López dejó su cargo tras once años de fidelidad. Ahora el general González López repite el guion: optimizar capacidades operativas, garantizar la paz, proteger al pueblo. Las palabras suenan a disco rayado, pero el contexto es otro.

El país entero está en asueto forzoso. Delcy Rodríguez decretó cinco días sin actividad para ahorrar energía mientras los apagones se multiplican. La medida convierte a Caracas en un escenario vacío, perfecto para cualquier desborde. La GNB lo sabe. Por eso los carrubios —así se llaman entre ellos— recibieron instrucciones de no bajar la guardia ni un segundo.

El Ministerio lo publicó en Instagram, como si fuera un evento de influencer. Una foto de los comandantes sonrientes, el general González López en el centro, todos de rojo oscuro. El texto habla de lineamientos y servicios, pero la traducción es simple: control absoluto.

El negocio del miedo en temporada baja

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Mientras tanto, en Petare, los comerciantes bajan la santamaría a mediodía. Nadie quiere quedarse después de las seis. La economía informal respira con el pulso de la violencia. Si la GNB aparece, es para cobrar el peaje de siempre: un billete aquí, un producto allá. El operativo de Semana Santa es, en parte, un recordatorio de quién manda.

La cifra de 229.000 efectivos incluye bomberos, rescatistas y policías municipales. Pero los que importan son los 35.000 guardias nacionales que se quedarán en las autopistas, los peajes, los terminales. Ellos son los ojos del Estado en movimiento. Y Gustavo González López sabe que su supervivencia política pasa por ellos.

El general no llega solo. Trae consigo el historial de su predecesor: Padrino López controló la Fuerza Armada durante la crisis migratoria más grande de la historia reciente venezolana. Ahora González López debe demostrar que puede contener la ira de un país que tiene seis millones de exiliados y un salario mínimo que no alcanza para un cartón de huevos.

La Semana Santa será su primera prueba. Si todo sale tranquilo, el mensaje es claro: el nuevo ministro tiene la tropa bajo control. Si algo se desborda, la culpa será de la oposición, del imperio, del cambio climático. La narrativa ya está escrita.

En Caracas, los que saben dicen que González López no es un improvisado. Vino del Sebin, la policía política. Allí aprendió que el poder se ejerce con información, no con balas. Por eso la reunión con los comandantes fue a puerta cerrada. Lo que se dijo dentro no salió en Instagram.

La capital se vacía. Los que se quedan miran con desconfianza a los guardias que montan retenes en cada esquina. La GNB, ese cuerpo que nació para proteger al pueblo, ahora protege al régimen. Y Gustavo González López, el nuevo ministro, acaba de dar la orden de mantener esa protección por tiempo indefinido.

El asueto termina el viernes. Pero el estado de sitio, ese que no aparece en los decretos, continúa. La cifra de 229.000 funcionados no es un despliegue de seguridad. Es un despliegue de poder. Y el general González López acaba de firmar su primera página en el libro negro de la historia reciente venezolana.