Gran canaria pasa del colapso al colmado: 17 veces más agua en sus embalses
Las Palmas despertó esta semana con 36,7 millones de metros cúbicos de agua que no existían hace cuatro meses. Las presas de Gran Canaria han pasado de estar al borde del esqueleto —2,3 hm³ en octubre— a llenarse hasta la traca, garantizando riego para cinco años sin apelar al turismo de barcos cisterna. El salto es tan descomunal que los técnicos del Cabildo han tenido que rebuscar en los papeles de 1950 para encontrar un precedente: no lo hay.
Una therese que arrasa récords y desborda mapas
La borrasca Therese ha dejado en la cumbre de Gran Canaria más lluvia en seis días que la suma de 2024 y 2025. El 24 de marzo, la estación de Bañaderos (Arucas) registró 160 l/m² en 24 horas: la gota más gorda en 70 años de historia. En la misma jornada, varios pluviómetros de la red insular marcaron cifras que superan el anual completo de zonas semiáridas del sur. El agua no caía: caía a cubos, y lo hizo durante cinco días seguidos, rompiendo el patrón canario de chaparrones relámpago.
El resultado es un reparto inédito: 35 presas llenas al cien por cien repartidas por todo el mapa, no solo en la cara norte. Es la primera vez que se registra un llenado simultáneo de encinares, medianías y cuencas del sur. La geomorfología volcánica de la isla, normalmente una trampa para el agua que escurre al mar en cuestión de horas, ha cedido ante una saturación que ha alimentado también el acuífero subterráneo, clave para el agua potable que brota en los pozos de Telde y Vecindario.

El efecto dominó que nadie contaba
Antonio Morales, presidente del Cabildo, no necesitó emplear eufemismos: «Estamos ante un fenómeno doblemente histórico». El primer récord es la cantidad; el segundo, la distribución. La red de presas, diseñada en los años 60 para captar episodios localizados, ha funcionado como un embudo colectivo: cada cuenca ha aportado su propio caudal y, por primera vez, ninguna se ha quedado a medias. La más pequeña, la presa de Silva, ha pasado de 0,04 hm³ a 2,3 hm³ en 72 horas. La más grande, Chira, ya roza los 8 hm³ y sigue subiendo.
El agua sobrante ha despertado la codicia de regantes y ayuntamientos. En Mogán ya piden derivar parte del excedente al depósito de Veneguera, seco desde 2019. En Santa Brígida, los agricultores de flor cortada calculan que podrán regar hasta 2029 sin tocar los pozos. La Consejería de Medio Rural ha convocado a los cabildos de Tenerife y Fuerteventura para estudiar un intercambio de derechos que permita trasvasar agua en barco a Lanzarote, donde los embalses siguen a la mitad.
El precio de la abundancia
La factura se la pagarán los caminos rurales. La red de acceso a la cumbre —cortada desde el pasado lunes— presenta desprendimientos en 17 puntos. La carretera GC-605, que une Tejeda a La Aldea, ha perdido un tramo de 80 metros. La Corporación de Carreteras calcula 23 millones de euros solo en reparaciones de urgencia. El Cabildo ha pedido al Gobierno central declarar la isla «zona catastrófica» para acceder a los fondos de emergencia, algo que no ocurre desde el incendio de 2019.
Mientras, los ecólogos advierten: el agua sobra hoy, pero el cambio climático sigue. El modelo de lluvias extremas y sequías prolongadas se consolidó en el último decenio. «No hay que confundir un episodio con una tendencia», advierte la investigadora de la ULL María José Rodríguez. La memoria de la isla es frágil: en 1993, otro ciclo de borrascas llenó los embalses al 90 %. Cinco años después, Gran Canaria volvía a comprar agua a bordo de petroleros.
El reto ya no es llenar, sino no despilfarrar. El Cabildo ha anunciado que blindará los derechos de agua embalsada y revisará la tarifa de riego para evitar el sobreconsumo. La próxima gota que caiga —y caerá— tendrá que competir con 39 millones de metros cúbicos que ahora miran al cielo desde las presas. La isla ha pasado de la ración al festín. Que no le pase factura la resaca.