Hamás responde a la horca israelí: 'la sangre palestina no será barata'
La Knesset acaba de aprobar la pena de muerte por ahorcamiento y a puerta cerrada para los palestinos acusados de terrorismo. Hamás y Yihad Islámica han contestado en menos de una hora: no habrá ejecución sin contraataque. La frase que circula por Gaza es clara: 'Cada cuerpo que toque la soga valdrá diez soldados israelíes'.
La ley que convierte las cárceles en cadalso
El texto, redactado en apenas tres artículos, introduce dos novedades explosivas: el método será la horca —no la inyección letal— y los tribunales militares podrán celebrar sesiones secretas. El objetivo, según la nota oficial, es 'acelerar la disuasión'. La realidad: desde 1967 Israel no ejecuta a prisioneros palestinos; la última fue en 1962, cuando Adolf Eichmann fue ahorcado. Ahora vuelve la soga, pero solo para los no judíos.
El diputado Zvi Sukkot, del partido religioso Tkuma, lo resumió en un tuit borrado minutos después: 'Un terrorista muerto no negocia'. El mensaje ha sido capturado por Telegram y circula por los canales árabes como prueba del 'plan de exterminio'.

El comunicado que nadie esperaba a las siete de la tarde
Hamás lo ha bautizado 'Ley de Ejecución de Prisioneros'. En su redacción hay una sola palabra en cursiva: Halabja. Es la ciudad iraquí donde Sadam Husein usó gas contra los kurdos. La alusión es implícita: Israel, según la retórica del movimiento, se convierte en el único parlamento democrático que legaliza el genocidio después de Núremberg.
El portavoz Abu Ubaida ha aparecido con el rostro cubierto por un keffiah de laboratorio: detrás hay una estantería con frascos de químicos. 'La respuesta será proporcional', ha dicho. Luego ha sonreído. La escena, grabada en vertical, ya suma medio millón de visionados.

La frontera norte, a punto de saltar por los aires
En el lado libanés, los observadores de la FINUL han contado 17 lanzacohetes Katyusha apuntando hacia el sector de Shebaa. No se han disparado todavía, pero la consigna es nueva: 'Un prisionero ahorcado, un puesto de avanzada israelí arrasado'. En Ramalá, los jóvenes han colgado muñecos de yeso con la soga al cuello en la rotonda de Al-Manara. Llevan la inscripción 'Tu horca, nuestra fosa'.
La Autoridad Palestina, atrapada entre la calle y la diplomacia, ha convocado a los cuerpos consulares europeos a las nueve de la noche. La cancillería alemana ha cancelado la cena de despedida del embajador. La delegación francesa ha llegado con las luces de emergencia encendidas. Nadie quiere fotografiarse bajo los muñecos colgados.
El precio del silencio occidental
Adalah, el centro legal árabe-israelí, ya prepara el recurso ante la Corte Suprema. El abogado Sawsan Zaher lleva en el bolsillo la sentencia de 1996 que prohibió la tortura: 'Entonces ganamos porque demostramos que los pies bañados en agua fría eran un patrón sistemático. Ahora debemos demostrar que la horca es un patrón étnico'. El informe pericial lleva 400 páginas y una sola foto: la de un niño de once años, Ahmad Manasra, que podría ser el primer reo si la ley entra en vigor.
Mientras tanto, la bolsa de Tel Aviv ha cerrado con una caída del 2,3 %. El shekel ha tocado mínimos de tres años. Los analistas hablan de 'riesgo político', pero en los pasillos del Knesset se susurra otro concepto: 'Coste aceptable'.
La frase que nadie se atreve a publicar en titulares la ha dicho un oficial de inteligencia jubilado, Amiram Levin, a la salida del comité de Defensa: 'Si Hamás cumple su promesa, el precio será diez vidas israelíes. Si no la cumple, el precio será la credibilidad de Hamás. Ambas opciones nos valen'. La cuenta atrás ha empezado. El primer cadáver en la soga o el primer soldado israelí abatido marcará el inicio de una nueva regla del juego. Nadie sabe cuál de las dos sangres salpicará primero el asfalto, pero en Jerusalén ya han colocado vallas metálicas frente a la prisión de Ayalon. No es para proteger a los reos: es para que la horca no se vea desde la autopista.