historia

El día que la calle le plantó cara a la dictadura: 30 de marzo de 1982, la marcha que anticipó el final

A las 10 de la mañana del 30 de marzo de 1982, Buenos Aires olía a gas lacrimógeno y a miedo. Pero también a pan recién hecho: en las cocinas de los conurbanos, las madres amasaban antes del alba para que los hijos pudieran marchar con el estómago lleno. Saúl Ubaldini, el hijo de un carnicero de Mataderos, levantó la voz sobre 40.000 hombros y gritó lo que nadie se atrevía: “Paz, pan y trabajo”. Fue la primera vez que la dictadura vio su final en la cara, aunque todavía faltaran 623 días para la democracia.

La consigna que nació en petrogrado y murió en la plaza

El lema no era argentino: Lenin lo usó en 1917 para derrocar al zar. Ubaldini ni sabía ni le importaba. En la CGT Brasil, improvisaron sobre papel bond y máquina de escribir. “Pan” se sumó porque la inflación del 131% anual convertía el salario en migajas. “Paz” porque los vuelos de muerte seguían. Y “trabajo” porque los talleres cerraban por la crisis y por el miedo. El peronismo, el comunismo y la fe se abrazaron en una misma pancarta.

El gobierno de Leopoldo Fortunato Galtieri —un coronal que se creía general majestuoso— había apostado todo a las Malvinas. La invasión estaba fijada para el 1 de abril, pero el mal tiempo la postergó 24 horas. La marcha lo desbarató todo: en lugar de planificar desembarcos, el Estado Mayor debió contener una ciudad que se le venía encima. Desde el Puente Pueyrredón cortado hasta los tanques del Cuerpo de Ejército I apostados en Reconquista, la ciudad parecía una pieza de ajedrez donde la reina era el pueblo y el rey, un general sin corona.

La batalla que no salió en los diarios oficiales

La batalla que no salió en los diarios oficiales

Las cargas empezaron a las 11:37. Los grupos de choque se formaban en esquinas, se disolvían, reaparecían. Los empleados bancarios tiraban macetas desde los séptimos pisos. Los taxistas, con el paro puesto, clavaban los coches en diagonal para cortar la 9 de Julio. En Mendoza, la Gendarmería mató de un balazo al textil José Benedicto Ortiz. En Rosario, 2.000 personas desafiaron el toque de queda. La crónica de Clarín del 31 tituló: “Normalidad en el centro”. Mentía.

Ubaldini cayó esposado junto al Nobel Adolfo Pérez Esquivel y cinco Madres de Plaza de Mayo. A los 48 horas, mientras él seguía en el calabozo, los marines pisaban Puerto Argentino. La dictadura creyó que la guerra le devolvería la iniciativa. Error: la calle ya había marcado el rumbo. El 2 de abril, cuando la Plaza se llenó de pañuelos celestes y blancos, la CGT Brasil publicó un documento que nunca llegó a los diarios: exigía “gobierno de transición cívico-militar”. La hoja se quedó en la imprenta, pero la idea ya corría por las venas del país.

La piedra que no se hunde

La piedra que no se hunde

Después de Malvinas, la dictadura intentó lavar la sangre con banderas. Propuso a los sindicalistas viajar al archipiélago. Ricardo Pérez, el vocero de la CGT Brasil, respondió: “Los subversivos de ayer somos los patriotas de hoy”. Fue la frase que más duele a los que creen que la patria se negocia con uniforme. Ubaldini, ya libre, siguió bailando en los actos. Decía que el 30 de marzo fue su 17 de octubre, aunque sin el brillo. Tenía razón: el peronismo nació en la calle y casi muere en la calle. La dictadura se hundió en la misma fosa que cavó para los demás.

Cuarenta y cuatro años después, la inflación otra vez roe el salario y el eslogan sigue siendo el mismo. La diferencia es que ahora la piedra ya no pesa sobre los hombros: está en el fondo del lago, lista para ser pescada. La calle no olvida. Y cuando el pan falta, la historia repite su receta: paz, pan y trabajo. La dictadura lo aprendió a las patadas. La democracia, aún lo está aprendiendo.