El entomólogo que descifró los secretos de las pulgas de agua
Athol McLachlan, un zoólogo británico cuya curiosidad lo llevó a estudiar las diminutas chironómidos, esas moscas de agua que forman densos enjambres sobre lagos africanos, ha fallecido a los 86 años. Su legado, lejos de ser una mera descripción de insectos, reside en haber utilizado estos humildes seres para iluminar principios fundamentales de la ecología y la evolución, con implicaciones que resuenan hasta nuestros días.
Un laboratorio natural en las charcas efímeras de malawi
La fascinación de McLachlan por estas moscas se encendió en la década de 1960, durante su investigación doctoral en el Lago Kariba, Zimbabwe. Pero fue en las charcas temporales que se formaban tras las lluvias en el altiplano de Zomba, Malawi, donde encontró su verdadero laboratorio. Estas pequeñas piscinas, que se llenaban y se secaban en cuestión de semanas o meses, ofrecían un escenario único para observar la adaptación de los organismos a entornos impredecibles. Cada charca, una arena de competición donde solo una especie de midge dominaba, excluyendo a las demás. Tras años de meticulosas trasplantes, McLachlan demostró que esta distribución no era fruto del azar, sino resultado de una compleja interacción de factores que permitían a una especie desplazar a las otras.
La clave estaba en la supervivencia: algunas especies eran capaces de resistir la desecación completa, mientras que otras requerían aguas más profundas y estables. Esta evidencia experimental, tan clara como rara, confirmó las teorías clásicas sobre la competencia entre especies y la definición de nichos ecológicos.

Agilidad vs. tamaño: una revolución en la teoría de la selección sexual
Años después, ya radicado en el Reino Unido, McLachlan realizó un descubrimiento aún más sorprendente. Observando los enjambres de midge que amenazan con oscurecer los cielos británicos en verano, notó algo peculiar: las hembras se apareaban con los machos más pequeños. Contrariamente a la norma en el reino animal, donde el tamaño y la fuerza suelen ser ventajas en la competición por las hembras, en las moscas los machos más ágiles, capaces de interceptar a las hembras en pleno vuelo, tenían mayor éxito reproductivo. Este hallazgo, publicado en la década de 1980, revolucionó la teoría de la selección sexual, demostrando que en entornos tridimensionales como el aire o el agua, la agilidad puede prevalecer sobre el tamaño y la fuerza.
Pero, ¿por qué no evolucionaban simplemente a un tamaño aún menor? El trabajo conjunto con su alumna Rachel Neems reveló la respuesta: si bien un tamaño reducido favorecía el apareamiento, perjudicaba la supervivencia larval en los fondos de los lagos y estanques, donde los individuos más pequeños eran desplazados y se convertían en presa. La evolución, por lo tanto, encontraba un equilibrio, favoreciendo a los machos de tamaño intermedio que maximizaban su éxito reproductivo a lo largo de toda su vida. Este ejemplo de selección equilibrada, como lo denominaron, es un testimonio de la complejidad de la adaptación.
La trayectoria de McLachlan, desde la caza de serpientes venenosas en Sudáfrica para obtener antiveneno hasta la elegante elucidación de los principios ecológicos que rigen el mundo de las moscas, es un recordatorio de que las respuestas más profundas a menudo se encuentran en los lugares más insospechados. Su legado, un catálogo de preguntas inteligentes y respuestas audaces, seguirá inspirando a generaciones de científicos a buscar la verdad en el microcosmos.