India desbloquea 750 m$ para fabricar imanes de tierras raras y retar el monopolio chino
El gobierno de Narendra Modi ha metido el pie en el acelerador: 29 plantas de componentes electrónicos recibieron luz verde con un desembolso de 71.040 millones de rupias (750 millones de dólares) que empezarán a moverse ya. La jugada va más allá de un simple incentivo industrial: es la carta de presentación de la India en la guerra subterránea por las tierras raras, el nuevo petróleo de la era verde.
La cifra habla por sí sola: 84.515 millones de dólares en producción esperada y 14.246 empleos directos que, según los cálculos oficiales, nacerán en los próximos tres años. Entre los proyectos figura, por primera vez en suelo indio, la producción de imanes permanentes de terras raras a partir de óxidos. Un salto que hasta ahora solo dominaban China y, en menor medida, Japón. El objetivo: fabricar 6.000 toneladas anuales y dejar de importar más de 53.000 toneladas cada ejercicio.

Por qué los imanes de tierras raras se han convertido en el nuevo oro gris
Los imanes de neodimio-ferro-boro mueven los motores eléctricos de Tesla, las turbinas eólicas de Vestas y los misiles de defensa que el Pentágono no puede etiquetar. Controlar su cadena es tener la llave de tres mercados que crecen al 20 % anual. La India, que ahora mismo produce electrónicos por valor de 125.000 millones de dólares, quiere multiplicar por cuatro esa cifra antes de 2031. Y sabe que sin materias primas propias, el sueño se queda en PowerPoint.
El plan se gestó en la sombra. En marzo de 2025 el gabinete ya aprobó un paquete de 72.800 millones de rupias (800 millones de dólares) para erigir toda una industria desde cero: separación de óxidos, fundición de aleaciones, reciclaje de residuos. Ahora llega la fase de las cajas registradoras. Las 29 plantas repartidas entre Karnataka, Tamil Nadu y Uttar Pradesh empezarán a producir desde semiconductores de potencia hasta sensores LiDAR para coches autónomos. Todo Made in India, todo etiquetado para exportar.
Lo que nadie cuenta es el coste político. Modi necesita crear un millón de empleos al mes para absorber a su población joven. Prometer fábricas es fácil; entregarlas sin retrasos de suelo, licencias y corrupción local es la prueba de fuego. El primer ministro ha puesto a la Indian Administrative Service como contralor directo de cada proyecto. Si algún bureaucrata entorpece, la carpeta llega directa a su despacho. Tiene 24 meses para demostrar que la burocracia puede moverse a velocidad startup.
El mensaje a Pekín es claro: la India no quiere ser solo el taller de ensamblaje del mundo. Quiere ser la mina, la fundición y el laboratorio. El gigante asiático responde ya subiendo los aranceles a sus propios minerales. La guerra fría de las tierras raras acaba de empezar y, esta vez, el campo de batalla está en los desiertos de Rajasthan y en las mesas de negociación de Nueva Delhi.
La próxima vez que enciendas un móvil, piensa que un imán del tamaño de una moneda de diez céntimos puede haber nacido en la misma tierra que produjo a Gandhi. La India ha dicho basta a la dependencia. Y ha puesto sobre la mesa 750 millones de razones para creer que esta vez va en serio.