Irak vive su noche más larga: drones sobre bagdad y milicias proiraníes en el punto de mira

Bagdad amaneció este domingo bajo el zumbido de los drones. Uno cayó en Karrada, otro fue interceptado por el C-RAM de la embajada de Estados Unidos y dos más fueron abatidos cerca del aeropuerto internacional. La capital iraquí, que ya respira polvo y pólvora desde 2003, acumula fuego amigo: milicias progubernamentales con sello iraní y soldados estadounidenses se tirotean desde el aire mientras el Gobierno de Al-Sudani observa, cada vez más solo.

La provincia de Nínive fue la primera en reportar fuego. La 14.ª Brigada de las Fuerzas de Movilización Popular (FMP), formada por la milicia Kataib Sayid al Shuhada, denunció anoche tres bombardeos aéreos contra sus cuarteles. El ataque, que atribuyen a una "coalición israelí-estadounidense", dejó heridos pero, de momento, no víctimas mortales. El mensaje es claro: cualquier base que albergue grupos con bandera de Teherán está en la diana.

El norte arde: kirkuk suma tres muertos

La noche anterior, el sábado, fue Kirkuk el escenario. Un ataque aéreo contra otro cuartel de las FMP mató a tres combatientes, según el propio grupo. El Ministerio del Interior eleva la cifra: dos policías muertos y cinco heridos en un puesto de control de Mosul. El comunicado oficial habla de una "agresión sionista-estadounidense" y califica la acción de "depredadora", porque los agentes "velaban por la seguridad civil".

La cadena de ataques y represalias no es nueva, pero sí se ha acelerado. Desde que Gaza explotó en octubre, milicias como Kataib Hizbulá han lanzado más de docena y media de drones y cohetes contra bases estadounidenses en Al Asad, Erbil y la propia Bagdad. Washington responde con la letalidad que le caracteriza: F-16 y drones Reaper que busulan el espacio aéreo iraquí sin pedir permiso.

¿Quién manda en irak?

¿Quién manda en irak?

El problema es político. Las FMP nacieron en 2014 para frenar al Estado Islámico y quedaron integradas de facto en el aparato de seguridad. Pero unas 50 brigadas escuchan más a Teherán que a Bagdad. El primer ministro, Mohamed Shia al-Sudani, necesita su apoyo parlamentario, así que pone cara de póker mientras sus socios armados disparan y reciben fuego. El equilibrio se rompe cada vez que un dron iraní cruza la frontera o un caza estadounidense suelta su carga sobre la meseta de Nineveh.

El Pentágono, por boca de sus fuentes, ni confirma ni desmiente los bombardeos. En la práctica, cada misil que despega desde un MQ-9 reconfigura el mapa de influencias. Irak se convierte así en el tablero donde EE.UU. e Irán siguen jugando su partido de ajedrez sin que nadie haya invitado a los iraquíes.

La noche promete más drones. La capital está aprendiendo a dormir con el ruido de las baterías C-RAM y los vecinos de Karrada coleccionan fragmentos de metal como quien guarda recuerdos de guerra. Mientras tanto, las milicias proiraníes reponen stocks de cohetes y Washington estudia ampliar su veto aéreo. El círculo vicioso está servido: ataque, respuesta, nuevo ataque. Y en medio, un país que lleva dos décadas intentando respirar entre explosiones.