Irán arde: tres muertos en zanyán y 1.500 víctimas en la ofensiva que fulmina a jamenei

La mezquita de Huseiniye Azam en Zanyán olía a pólvora y a muerte este martes. Tres cuerpos yacían entre los mosaicos rotos mientras los altavoces, antes dedicados al rezo, pedían a gritos sangre por sangre. Fuentes de la Guardia Revolucionaria apuntan a un dron israelí que se desplomó sobre el recinto administrativo anexo al templo, pero en la calle nadie distingue ya entre un misil y la ira que arrastra.

La lista de cadáveres del poder

La lista de cadáveres del poder

El ayatolá Alí Jamenei ya no da órdenes. Su nombre figura en la columna de «confirmados» que circula por Telegram entre periodistas y familias: 1.500 muertos, según el propio Ministerio del Interior. Con él cayó Alí Lariyani, el hombre que negociaba en la oscuridad; también los ministros de Defensa e Inteligencia, Aziz Nasirzadé y Esmaeil Jatib, y media docena de generales que se creían intocables. La capital respira cortes de luz programados y la certeza de que el siguiente nombre puede ser el suyo.

En Teherán, vecinos de la zona de Saadat Abad vieron pasar ambulancias con las luces apagadas. «No querían que nadie filmara», me dijo una farmacéutica que prefiere no dar su nombre. En Isfahán, la provincia que alberga instalaciones nucleares bajo tierra, los ataques se concentraron en bases de la Guardia. El gobernador habla de «daños colaterales»; los chats locales hablan de fosas comunes.

Israel, por boca de su portavoz militar, solo ha confirmado «la eliminación de nodos clave del régimen». Ni una palabra sobre civiles. Washington, como siempre, se frota las manos y niega participación directa. Pero los restos de los drones llevan chips made in USA y los iraníes lo saben. En la mezquina economía de la guerra, la factura la pagan quienes ni siquiera aparecen en los partes.

La cifra habla por sí sola: 1.500 muertos en 72 horas y un país que despierta sin líderes visibles. Mientras, en Zanyán, los fieles han colgado una pancarta frente a los escombros: «Tu dron puede matar a nuestros jefes, pero no al pueblo que aprendió a rezar en la oscuridad». La frase suena a epitafio y a promesa. Y, sobre todo, suena a la próxima portada.