Irán carga contra el tabú nuclear: su parlamento estudia abandonar el tratado que frena la bomba atómica

El gris edificio del Parlamento iraní huele hoy a pólvora diplomática. Bajo el dorado cúpula, los diputados discuten algo que hasta hace meses era un murmullo de pasillo: romper las cadenas del Tratado de No Proliferación Nuclear y abrir la puerta a la última de las armas prohibidas. La razón, dicen, está escrita en el humo que aún sale de las instalaciones nucleares de Natanz y Fordow tras los ataques israelíes y estadounidenses de las últimas semanas.

La última línea roja de teherán

El portavoz del Ministerio de Exteriores lo confirmó ayer sin levantar la voz: «El tema se debate entre la gente y en la cámara». Traducido: la decisión ya no es solo de los generales. El TNP, vigente desde 1970, obliga a Irán a aceptar inspectores del OIEA y a no fabricar bombas. Romperlo significa expulsar a los inspectores y, técnicamente, legalizar el enriquecimiento al 90 %, el umbral de la guerra atómica.

Israel lo ha hecho antes: en 1981 bombardeó el reactor iraquí Osirak; en 2007 pulverizó el sirio Al Kibar. Washington añadió su firma en 2020 con el asesinato del general Soleimani. Pero esta vez el objetivo era el cascarón de concreto de Natanz, el corazón del programa nuclear iraní. El resultado: centrifugadoras destrozadas, científicos muertos y, ahora, la posible salida de Irán del club de los que se abstienen.

El dominó que nadie quiere ver

El dominó que nadie quiere ver

Si Irán da el paso, la región podría convertirse en un polvorín de fisión. Arabia Saudí ya firmó un contrato secreto con Pakistán para «alquilar» bombas si hiciera falta. Turquía reclama desde 2019 su derecho a enriquecer uranio. El primer ministro de Erdogan lo dijo alto: «No aceptamos que nos impongan el TNP mientras Israel guarda 90 ojivas sin firmar nada».

El tratado tiene 191 miembros, pero solo cinco han sido bendecidos con la etiqueta de «poseedores» de armas nucleares. El resto firmaron a cambio de energía civil y promesas de desarme que nunca llegaron. Corea del Norte se fue en 2003 y ahora exhibe misiles que pueden alcanzar Los Ángeles. Irán estudia su guía: primero anunciar la retirada, luego expulsar inspectores, después encender las cámaras de enriquecimiento a máxima velocidad.

Viena, la capital que ya no duerme

En la sede del OIEA, a orillas del Danubio, los analistas repasan protocolos que nadie pensó volver a usar: el párrafo 12 del artículo X permite la salida con tres meses de aviso. El director general, Rafael Grossi, ha perdido el tono pausado de sus comparecencias. «No hay plan B», confesó a su equipo la semana pasada. Traducción: si Irán se va, el sistema de salvaguardias se resquebraja en pleno 2024, año en que Ucrania lanza drones contra plantas rusas y Gaza huele a uranio empobrecido de los proyectiles israelíes.

El reloj corre en sentido inverso. Mientras tanto, el precio del uranio en el mercado spot ha escalado un 45 % desde enero. Los inversores apuestan a que más países querrán reservas estratégicas. La última vez que ocurrió fue en 1973, cuando la India sonrió y detonó su «dispositivo pacífico» bajo el desierto de Rajastán. El mundo se enteró por un sismo de 5,2 grados registrado en Estocolmo.

Irán no necesita terremotos para anunciarlo. Bastará con una votación en el Majlis, el parlamento, y un discurso televisado a medianoche. La frase será breve, casi aburrida: «Suspéndase la membresía en el TNP». A la mañana siguiente, las centrifugadas de Natanz girarán más rápido. Y el mundo volverá a preguntarse por qué nadie apostó a que la verdad, esta vez, también se escondía en un detalle tan pequeño como un tratado de 191 páginas que nadie relee.