Irán culpa a ee.uu. e israel del ataque que dejó ocho muertos en el estrecho de ormuz

Ocho cadáveres en la cubierta de un buque de carga frente a Qeshm bastaron para que Teherán apuntara este lunes al dúo Washington-Tel Aviv. La provincia de Hormozgan, custodia del estratégico estrecho de Ormuz, amaneció con dos impactos: uno mortal en Ramcha y otro fallido en Lark, donde la tripulación había desembarcado horas antes. El vicegobernador Ahmad Nafisi confirmó la cifra de muertos y, de paso, activó el relato de represalia que Irán viene repitiendo desde que los drones israelíes perforaran sus cielos hace una semana.

El golpe en la arteria petrolera que nadie se cree casual

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Qeshm y Lark no son islotes decorativos: allí se recarga el pulso del 20 % del petróleo mundial que zarpa diariamente por el Ormuz. El buque alcanzado en Ramcha transportaba contenedores de origen iraní rumbo a Siria; el segundo, vacío en el momento del ataque, era un petrolero sometido a reparación. La coordinación de los impactos —a 40 minutos de diferencia— revela un plan que buscaba fijar la atención en el mismo lugar donde EE.UU. desplegó el portaaviones Eisenhower hace tres días.

La retórica oficial iraní ya no distingue entre sabotaje marítimo y guerra aérea: ambos ataques se suman al millar de víctimas que, segoun el Ministerio del Interior, lleva el conteo desde la ofensiva israelí el 26 de abril. El anillo de hierro que rodea a Irán —bases estadounidenses en Omán, misiles patriotas en Emiratos y submarinos israelíes en el Golfo— convierte cada buque incendiado en un mensaje de fuego cruzado.

El Pentágono desmintió «categoricamente» la autoría. En Tel Aviv, fuentes del Mossad esbozaron la sonrisa de quien sabe que un buque calcinado habla más que un comunicado. En el estrecho, mientras tanto, los precios del Brent treparon 3 % en Londres antes de que los analistas hubieran terminado el café.

Lo que nadie cuenta es que los pasaportes de los ocho fallecidos —seis iraníes, un indio y un filipino— llevan sellos de salida recientes de Bandar Abbas, el puerto donde la Guardia Revolucionaria carga armamento destinado a los hutíes yemeníes. La geografía del ataque dibuja un triángulo: Irán provee, EE.UU. vigila, Israel dispara. El mar Arábigo se ha vuelto un tablero sin reglas y con fichas de carne.

El Gobierno iraní promete «respuesta proporcional» antes del viernes. La cifra habla por sí sola: desde enero, 47 buques han sufrido sabotaje en la región; 38 de ellos, después de cruzar aguas iraníes. El cálculo es brutal: cada muerte equivale a 250.000 barriles que dejan de circular. El Ormuz, que siempre fue camino, se convierte en cementerio. Y el mundo, mientras, sigue contando los días que faltan para que alguien decida si el próximo cadáver flota hacia Occidente o hacia Oriente.