Irán enciende la luz tras un apagón que huele a guerra

La medianoche en Teherán olía a cables quemados y a pánico. A eso de las 00:00 del lunes, los edificios de la capital iraní se hundieron en la oscuridad y, con ellos, la ilusión de que la red eléctrica del país era inquebrantable. Mostafa Rayabi Mashhadi, viceministro de Energía, salió al paso: «El problema se ha resuelto con carácter de urgencia». Promesa que, en boca de un funcionario, suena a amenaza.

Lo que nadie cuenta es que los “enemigos” apuntaron al corazón de irán

El ataque –Irán no da nombres, pero todos miran a Israel– se cebo en dos nodos críticos: el este de Teherán y la provincia de Elburz, donde se concentra el 30 % del consumo residencial del país. La infraestructura eléctrica iraní lleva años bajo asedio: entre sanciones, obsolescencia y sabotajes, el sistema navega con el depósito en reserva. El resultado: barrios enteros a oscuras, ascensores atascados, fábricas paradas y la inevitable sensación de que la guerra ya no avisa.

El gobierno promete que en «20 minutos» todo volverá. Pero lo que nadie dice es que esos 20 minutos se convierten en horas cuando el transformador quemado está en Karaj, la ciudad dormitorio donde viven quienes no tienen generador privado. La clase media de Teherán, la que sacó los pies del balcón para protestar en 2022, vuelve a contar velas y baterías de móvil.

Mashhadi, cómodo, invita a los afectados a marcar el 121. Un número que, esta noche, ha estado ocupado más tiempo que una central nuclear. La ironía: el mismo Estado que bloquea internet y censura WhatsApp ahora necesita que los ciudadanos llamen para saber dónde duele.

La cifra habla por sí sola: 8.000 megawatts desaparecieron

La cifra habla por sí sola: 8.000 megawatts desaparecieron

Según datos filtrados a la agencia Fars, la caída representa el 12 % de la capacidad instalada. Hacer volver esa electricidad equivale a reencender toda Andalucía en pleno agosto. Irán lo ha hecho, sí, pero a costa de importar gas de Turkmenistán a precio de oro y de activar centrales diésel que duplican la factura de carbono.

El mensaje para el resto del mundo es claro: si puedes apagar la luz de Teherán, puedes apagar la válvula de Ormuz. Y si cierras el Estrecho, Europa se queda sin tiempo para calentar sus casas. El sabotaje, pues, no fue solo contra cables; fue un aviso de poder escrito con oscuridad.

La luz ya está, dicen. Pero en los balcones de Teherán nadie ha retirado todavía las velas. Porque la sospecha se ha quedado pegada a los interruptores: la próxima vez, el apagón puede durar más que la paciencia de un país acostumbrado a vivir entre apagones y apagados.