Irán enciende la mecha: la gasolina se dispara y españa aún no avisa de lo que viene

La guerra en Irán no estalla solo en Teherán: estalla en el bolsillo del conductor madrileño que llena el depósito en la Castellana. El primer aviso llegó disfrazado de 3,3 % de IPC en marzo, pero es solo la antesala. Bruselas ya teme escasez real; el Gobierno de Pedro Sánchez, en cambio, silencia la palabra racionamiento y apuesta por un paquete de medidas que parece más campaña electoral que plan de emergencia.

La carta que nadie quiere leer

El comisario danés Dan Jørgensen, firme defensor del Green Deal, envió la semana pasada una misiva a los 27 ministros de Energía. El texto, adelantado por Politico, no se anda con eufemismos: “prepárense para una interrupción prolongada”. La traducción es clara: el petróleo y el gas que fluyen desde el Golfo Pérsico pueden quedar cortados y la UE solo tiene reservas para 90 días de consumo intensivo. España, que depende de ese circuito para el 63 % de su crudo, recibió el aviso con la delegada en funciones, Sara Aagesen, que aterrizará este martes en Bruselas sin un mandato claro de Moncloa.

La propuesta de Jørgensen suena a década de los 70: bajar la velocidad máxima en 10 km/h, teletrabajo obligatorio allí donde sea posible, coches con distintivo par-impar y cocinas que abandonen el butano. El mensaje es brutal de tan simple: menos gasolina o más guerra económica.

¿Por qué no lo cuentan aquí?

¿Por qué no lo cuentan aquí?

En la puerta de Moncloa repiten que “Argelia es estable” y que el Magreb compensará cualquier corte. Lo que no detallan es que el gas argelino llega por dos gaseoductos cuya capacidad técnica ya va al 92 %. Ni un solo metro cúbico extra cabe sin nuevas inversiones que tardarían años. Mientras, la refinería de Tarragona trabaja a pleno rendimiento y Repsol advierte que no puede transformar crudo iraní porque está sancionado. El círculo se cierra: menos entrada, menos capacidad de transformación, menos bidones en las gasolineras.

La bolsa ya descontó el escenario: el crudo Brent roza los 95 dólares y el gas natural se dispara un 18 % en la semana. Funcas calcula que cada 10 % que suba la energía empuja tres décimas al alza el IPC. Traducción: la cesta de la compra encarece un 1,2 % solo por el combustible de los camiones que traen la lechuga.

La huida hacia adelante de bruselas

La huida hacia adelante de bruselas

La Comisión no solo pide ahorro; también ordena a los Estados que “no toquen impuestos a los carburantes” ni restrinjan el mercado interior. Es decir: que no se repita la locura griega de 2022, cuando Atenas subvencionó tanto el gasóleo que acabó exportando escasez a Bulgaria. El aviso a Sánchez es indirecto: contener el precio con fondos públicos agrava el déficit y alimenta el déficit exterior.

En paralelo, Bruselas acelera el protocolo de biocombustibles. La idea es mezclar hasta un 14 % de etanol en las gasolineras para 2025, pero aquí hay otro engaño: la UE importa el 42 % de su etanol de. Estados Unidos y Brasil. Cambiar la dependencia de Teherán por la de Des Moines no es independencia energética; es cambiar de dueño.

Lo que no figura en los folletos

Mientras los ministros discuten, la Agencia Internacional de la Energía ya reparte su decálogo doméstico: velocidad 110 km/h, teletrabajo tres días a la semana, calefacción a 19 °C máximo. Son medidas que, aplicadas al 50 %, recortarían un 7 % el consumo de crudo. Pero hay un detalle que nadie imprime: si se generalizan, la recaudación por impuestos sobre gasolina caerá 1.200 millones este año. Hacienda tendrá que subir otro lado o recortar obras. El ahorro del ciudadano se convierte en agujero del Estado.

El efecto dominó ya se palpa en los mercados mayoristas: el trigo sube porque Ucrania no puede exportar por el estrecho de Ormuz, el gas natural encarece los fertilizantes y la fruta llega más cara a Mercamadrid. El Banco de España alertó ayer: la guerra puede restar hasta 1,3 puntos al PIB en 2025 si el barril se queda por encima de 100 dólares. Carlos Cuerpo, vicepresidente económico, lo resume en una frase que suena a epitafio: “La incertidumbre es el único dato fiable”.

El silencio que duele

En Barajas, la mujer que mira las pantallas de salidas no sabe que la UE ya prepara escenarios de racionamiento por DNI. En la calle Preciados, el dependiente que abre la persiana ignora que su sueldo real se evaporará en la próxima revisión de convenio. Y en Moncloa, donde se redactan los decretos, nadie pronuncia la palabra “autarquía” porque suena a 1939, aunque sea la lógica destilada de sus propios informes.

La gasolina encarece la vida, sí, pero también la mentira. Y cuando el depósito marque reserva, la factura ya no será solo de Repsol: será de quien nos dijo que esto no pasaría.