Irán se desangra: 70 muertos en 72 horas y teherán aprende a distinguir el zumbido de la muerte

La noche en Teherán huele a pólvora y se rompe con el rugido de los B-2. Desde hace 33 días, los vecinos del distrito 6 ya no preguntan «¿fue trueno?»; ahora solo discuten si venía de Israel o de Estados Unidos. Lo que ayer era paranoia es hoy contabilidad: 701 ataques en 24 horas, 278 blancos, 21 provincias tocadas y 74 % de la furia concentrada en una capital que todavía alberga a diez millones de almas que no han logrado salir.

El viernes negro arrancó a las 03:14 con una lluvia de GBU-57 sobre la siderúrgica de Mobarakeh. A esa hora, Majid Javani —operario de horno alto— tomaba un té en el muelle de carga. Su esposa recibió el anillo de casado doblado por la explosión; el cuerpo nunca apareció. La fábrica convertida en brasas abastece el 55 % del acero iraní; sin ella, los planos de los misiles Fateh se quedan en papel. Mientras, en Bushehr, los técnicos rusos embarcaban la primera tanda de evacuados: la planta nuclear —que Rosatom construyó y ahora desmantela a marchas forzadas— ha recibido tres golpes en diez días. El reactor sigue en línea, pero el agua pesada se escapa y los contadores Geiger cantan en alemán.

La universidad que ya no abrirá en otoño

Sábado 08:42. La Universidad de Ciencia y Tecnología de Teherán —fundada en 1929, orgullo de la élite técnic iraní— recibió un JDAM que perforó el laboratorio de láser y salió por la biblioteca central. El rector, Alireza Rahmani, contaba proyectos de cooperación con Moscú; ahora enumera cadáveres: 12 investigadores, entre ellos la doctora Parvaneh Safavi, referencia mundial en fibras ópticas para drones. El edificio de Investigación Naval —donce se probaba el Hoot, el torpedo supersónico— ya es una boca negra de hierro retorcido. Israel asegura que allí se incubaban Shahed-136; Washington habla de «doble uso». Para los estudiantes que regresaban de vacaciones, la frase es más simple: «no hay clase el lunes, ni el próximo año».

El domingo tocó el turno a la Universidad de Isfahán, bastión de la misilística iraní. El ataque dejó 17 muertos, pero también una estela de dudas: ¿por qué la Al Arabia qatarí —canal que Teherán odia— apareció en la misma lista de blancos? El edificio, que aloja un salón de belleza y una cafetería, quedó en equilibrio sobre el vacío. La teoría que circula entre analistas occidentales: Qatar habría cedido espacio a oficiales iraníes para grabar contraataques; la versión del ministerio de Exteriores de Doha: «solo periodismo». El caso es que, por primera vez, un país del CCE sangra en esta guerra.

El silencio que viene después de la sirena

El silencio que viene después de la sirena

La capital intenta adaptarse. En Karaj, la torre eléctrica 220 kV cayó a las 18:33 y dejó a 2,3 millones sin luz. Los supermercados abrieron con linternas, los precios del pan se duplicaron en cuatro horas y Telegram se llenó de rutas para cruzar a Turquía antes de que cierren la frontera. El gobierno iraní solo publica vídeos de «defensa antiaérea exitosa»; la ONG HRANA, con sede en Nueva York, lleva la cuenta real: 76 civiles en tres días, más de 300 heridos y un patrón que repite: barrios obreros, centros de investigación, infraestructura crítica. El Pentágono prefiere el eufemismo «degradación de capacidad»; los vecinos de Narmak lo traducen: «ya no hay gas para cocinar».

La cuenta global supera los 10.000 bombardeos estadounidenses y 15.000 bombas israelíes en 33 días. El ritmo es superior al de la invasión de Irak en 2003, pero la cobertura es menor: las agencias occidentales se han quedado sin corresponsales en terreno y los satélites comerciales solo ofrecen nubes de humo pixelado. La información circula por canales persas de WhatsApp y por la voz de quien logra salir. «Aprendimos a distinguir entre el F-15 y el F-35», me dijo Zahra, enfermera del hospital Haft-e Tir. «El segundo suena como un tijeretazo en la oreja; cuando lo escuchas, ya estás vivo por milagro».

La frontera de Arvín registra colas de 14 horas; el rial se derrumbó otro 18 % en el mercado paralelo de Estambul. Moscú propuso una tregua de 48 horas para evacuar civiles; Washington exige «cese de misiles iraníes a Hamas» como condición previa. Mientras tanto, la OPEP alerta: si Bushehr cae del todo, el 20 % del petróleo mundial que circula por el Estrecho de Ormuz podría verse afectado. La cifra habla por sí sola: 18 millones de barriles diarios con un solo punto de cuello de botella. El precio del crudo ya rozó los 120 dólares y el IEA prepara el tapado de reservas por primera vez desde 2011.

En Teherán, los que no han huido juran que la ciudad nunca durmió tanto: los apagones cortan la noche en pedazos de dos horas, justo el tiempo de soñar que todo volverá a ser como antes. Pero a las 05:00 el B-2 regresa, la alarma vuelve a aullar y alguien pregunta en la azotea: «¿este será el último?». La respuesta llega desde el Ministerio de Defensa israelí: «la fase siguiente comenzará cuando Irán no pueda ni fabricar un clavo». Mientras tanto, los muertos se acumulan y la primavera persa huele a cordita. La guerra cumplió un mes; los teheraníes ya no cuentan días, solo golpes.