Irán se desangra por dentro: la guardia revolucionaria ya gobierna desde las sombras

Mojtaba Jamenei no ha salido del búnker desde que asumió el mando. Nadie le ha visto. La foto oficial que circula es de 2019. Mientras tanto, en Teherán, los supervivientes de la masiva todavía calculan cuántos comandantes quedan con pulso para firmar un misil. La cadena de mando se rompió hace cuatro semanas, cuando Israel arrasó el complejo de la cúpula y dejó a la República Islámica sin cabeza ni guía.

La guerra que Washington y Tel Aviv desataron contra Irán no solo pulveriza infraestructura: desgarra el tejido interno del Estado. Varias decenas de líderes han muerto. Los que respiran se esconden. La paranoia es el protocolo: un ministro llama a su viceministro y ambos piensan que la línea está pinchada por la NSA o el Mossad. La solución es no hablar. La consecuencia es el vacío.

La guardia revolucionaria llena el vacío que nadie quiere

Con el clerigado herido o muerto, los pasdaran se han convertido en el único resorte que aún funciona. Sus comandantes regionales —los mismos que antes recibían órdenes de Teherán— ahora improvisan ofensivas sin coordinación central. El ataque con drones contra la base Príncipe Sultán fue un ejemplo: espectacular, pero descoordinado. Faltaban cabezas para planificar un salvo mayor y romper el escudo antimisiles saudí.

El Pentágono lo sabe y lo aprovecha. Estados Unidos ya selecciona blancos locales, convencido de que cualquier negociación futura pasará por estos coroneles que controlan misiles, puertos y bancos. Trump lo resume en su Twitter: Los negociadores iraníes son muy diferentes y extraños. Traducción: no sabemos con quién hablar ni quién puede vender la paz.

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El presidente amenaza con tomar la isla que exporta el 90 % del crudo iraní. El lunes puso fecha: si no hay acuerdo, bombardeará plantas desalinizadoras y centrales eléctricas. El mensaje es claro: la rendición económica precederá a la política. En Tel Aviv celebran la táctica, aunque admiten que la fragmentación iraní dificulta cualquier cesión oficial. Es Gaza multiplicado por diez: ofertas escritas que viajan de Doha a Teherán y que nadie se atreve a firmar.

El problema para Washington es que Irán aún no siente que pierde. Los depósitos de uranio siguen enriqueciéndose. Los milicianos chiíes en Irak y el Líbano disparan cada noche. La economía se hunde, pero el país ha vivido en zozobra cuarenta años. El dolor es cotidiano, no decisivo.

Así que la Casa Blanca apuesta a más fuego. Y mientras tanto, Mojtaba Jamenei sigue escondido, un líder sin rostro al que ni siquiera sus generales han podido saludar. Irán ya no tiene un centro; tiene mil centrifugadores y un ejército de coroneles que improvisan contraataques antes de que el próximo dron les encuentre. La guerra no acabará cuando uno de los bandos firme la paz: acabará cuando alguien dentro de Irán tenga autoridad para hacerlo. Hoy, ese alguien no existe.