Irán se queda a oscuras mientras teherán lanza su acusación más dura contra ee.uu. e israel
La noche del martes Teherán se vio obligada a confesar lo que los vecinos ya olían: explosiones simultáneas en el este y el oeste de la capital dejaron a millones sin luz. El Ministerio de Energía iraní dio la orden de restablecer el servicio, pero admitió que la metralla de un ataque —que no se atreve a llamar por su nombre— perforó una subestación eléctrica clave. Nadie habló de heridos. Nadie mencionó cadáveres. La cuenta oficial de muertos lleva 26 días congelada en 1.230.
El apagón que nadie quiere contar
La versión de Tasnim y Fars, las agencias que leen las líneas maestras del poder en Irán, fue tajante: Estados Unidos e Israel orquestaron el sabotaje. No hubo pruebas, ni siquiera un video de drones, pero el mensaje corría por Telegram más rápido que el propio corte de energía. En menos de 60 minutos lograron reconectar el cable roto. El problema es que el daño va más allá de los cables: la capital acumula tres días de bombardeos ininterrumpidos y la gente ya no distingue entre apagón y toque de queda.
Desde el 28 de marzo —cuando se cumplió el mes de la ofensiva conjunta— Irán registra 701 ataques en 278 localizaciones de 21 provincias. La Media Luna Roja iraní, la única fuente que aún publica cifras internas, eleva a 93.000 las infraestructuras civiles afectadas: 600 escuelas, 295 centros sanitarios y, ahora, también la red que alimenta a hospitales que ya operan a oscuras. HRANA, la ONG opositora con sede en Washington, lleva la cuenta de cadáveres: 3.461, de los que 1.551 eran civiles que nunca sabrán si murieron por un misil o por la falta de un respirador.

La subestación que nadie protegió
La subestación del este de Teherán era un objeticio bajo: blindaje civil mínimo, cercanía a barrios populares y una línea de 400 kV que abastece a la industria petroquímica de Bandar Assaluyeh. El proyectil —sea dron, sea artillería— impactó a las 21:42 hora local. La detonación fue lo bastante precisa para no tocar los tanques de refrigeración pero lo suficientemente brutal como para convertir los transformadores en chatarra. En la zona se respira azufre y eléctricos quemados. Un operario que prefiere el anonimato me susurra: «Vinieron a apagar la luz, no a apagar al régimen».
Mientras tanto, en la periferia de la ciudad, los generadores diésel de los hospitales Imán Jomeini y Vali-Asr rugen desde hace 72 horas. El combustible escasea. El director del segundo centro me confiesa que han dejado de operar tumores pediátricos porque el generador no da para quirófanos y UVI al mismo tiempo. «Estamos regresando a la edad de las velas y de la muerte silenciosa», resume antes de colgar.
El silencio que mata más que las bombas
El gobierno iraní no actualiza la cifra de fallecidos desde el 5 de marzo, cuando anunció 1.230 muertos. Desde entonces, la propaganda se ha mudado al terreno de lo eléctrico: «Se restablecerá en minutos» se repite en todos los canales estatales, como si la frecuencia de 50 Hz pudiera aplacar a los familiares de los que ya no tienen lámparas que encender. La censura, en este caso, se mide en kilovatios: cuanto más baja la tensión, menos imágenes de cuerdos en Twitter.
En el barrio de Nazi-Abad, un estudiante de ingeniería eléctrica me enseña su tesis suspendida: un prototipo de red inteligente que ya no tiene red que gestionar. «Mi proyecto servía para ahorrar energía; ahora sirve para recordarme que no tengo futuro aquí», dice mientras enchufa un móvil a un power bank que carga con una miniplaca solar robada en una tienda de camping. La ironía es que Irán posee la segunda reserva mundial de gas. La crueldad es que no puede quemarla para alumbrar sus propias calles.
La comunidad internativa mira hacia otro lado. El Consejo de Seguridad de la ONU lleva 48 horas en silencio; Washington niega «operaciones en curso»; Israel ni confirma ni desmiente. Mientras tanto, la oscuridad se extiende como un tapiz de negro que tapa las grietas de un régimen y también los rostros de quienes ya no pueden gritar. La luz, dicen los técnicos, volverá en «cuestión de horas». El problema es que, en Irán, las horas se cuentan por cadáveres que ya no encienden ningún interruptor.