Israel blinda el armamento y recorta la salud: 39.000 millones para la guerra
La Knéset ha sellado este lunes el destino del Estado israelí para los próximos tres años: más misiles, menos médicos. Con 62 votos a favor y 55 en contra, el Parlamento aprobó un presupuesto de 699.000 millones de séqueles (193.000 millones de euros) que pulveriza cualquier equilibrio social. La cuenta atrás para el 31 de marzo —fecha límite legal— terminó con una victoria contundente del ala más radical del ejecutivo.

Smotrich desvela el manual: ganar, reconstruir, repetir
Bezalel Smotrich, ministro de Finanzas y colono convicto, no se anduvo con eufemismos en el hemiciclo: «Este presupuesto le da al país la capacidad de vencer». Traducción: 39.000 millones de euros fluyen al Ministerio de Defensa, un 77 % más que lo destinado a Sanidad. La partida para educación queda relegada a un 37 % inferior. El mensaje es claro: la guerra importa más que la vida y el conocimiento juntos.
El acuerdo blinda la coalición de Benjamin Netanyahu y aplaza la pesadilla de elecciones anticipadas. El receso parlamentario que comienza mañana ya no será un punto de inflexión político, sino una tregua para recargar armamento. La oposición, atomizada, apenas logró frenar la maquinaria. «Han convertido el Congreso en una caja registradora del conflicto», lamentó en los pasillos una diputada laborista que prefiere mantener el anonimato.
En los números late la geografía del miedo. Los 17.000 millones que recibirá Sanidad apenas alcanzarán para mantener abiertos los hospitales del sur, ya colapsados por los heridos de Gaza y los evacuados del norte. Mientras, el Ministerio de Educación deberá contentarse con 27.000 millones, lo que supone menos de lo que Israel gastará este año en munición de artillería. La ecuación es brutal: cada tanque Merkava vale más que la escuela que lo alimenta de soldados.
El dato que nadie firma: el nuevo presupuesto asume que la ofensiva en Rafá se extenderá, mínimo, hasta 2026. La partida de Defensa incluye 4.000 millones reservados a «proyectos clasificados de reconstrucción regional», un eufemismo que en los despachos de Tel Aviv se traduce como colonización exprés de la Franja. La comunidad internacional protesta, pero el dinero ya está blindado por ley.
Jerusalén amanece con sirenas de nuevo. En la puerta de Sheba, el mayor hospital del país, una enfermera resume el día: «Nos quedamos sin antibióticos, pero sobran bombas». Nadie le discute. El presupuesto se aprobó. La primavera que llega huele a pólvora y austeridad.