Israel bloquea al cardenal pizzaballa en el santo sepulcro y pone en jaque la semana santa

La policía israelí cerró este domingo las puertas del Santo Sepulcro al patriarca latino de Jerusalén, el cardenal Pierbattista Pizzaballa, cuando se disponía a celebrar la misa del Domingo de Ramos. El prelado, custodio de la llave simbólica que abre la Semana Santa cristiana, se quedó en la acera con su rosario en la mano y la muchedumbre de fieles atrás. «No pedimos una procesión, solo cinco minutos dentro», me susurró un monje franciscano que acompañaba al cardenal. «Les dijeron que el protocolo de guerra lo prohibía todo.»

Una negociación que empezó mal y terminó peor

El incidente, minimizado por el propio Pizzaballa como un «intercambio cortés», deja al descubierto la tensión que rodea los lugares santos en plena ofensiva sobre Gaza. El cardenal y el custodio de Tierra Santa, Francesco Patton, llegaron a las 8:15 horas por la puerta de los Jardinillos. La orden era tajante: «Sin refugio, no hay acceso». El argumento oficial apunta a los restos de un misel iraní que la semana pasada impactó a 400 metros del Muro de las Lamentaciones. Pero en la lista de objetivos divulgada por el ejército israelí no figra la Explanada de las Mezquitas ni la Vía Dolorosa. «Utilizan la seguridad como comodín», dijo a El Ágora un guía palestino que lleva 30 años trabajando junto al Sepulcro. «Y nosotros pagamos el precio.»

La contrapartida llegó horas después: Benjamin Netanyahu anunció que prepara un «plan especial» para que los líderes religiosos puedan acceder al edículo durante los próximos días. La promesa, repetida cada año desde 2021, suena a cuento viejo en los pasillos del patriarcado. «Nos lo prometieron antes de Pascua, antes de Navidad y antes del Día de la Cruz», recuerda monseñor William Shomali. «La diferencia es que ahora hay misiles de por medio.»

El negocio del miedo en la ciudad vieja

El negocio del miedo en la ciudad vieja

Mientras tanto, los comercios del mercado árabe amanecieron con la mitad de persianas bajas. El turismo cristiano, que deja en Jerusalén unos 300 millones de euros anuales, se desplomó un 70 % desde el 7 de octubre. «Si los curas no entran, los fieles tampoco», resume Ussama, dueño de una tienda de rosarios a la entrada de la calle de los Cristianos. Su vecino, un ortodoxo griego que vende iconos, añade la clave: «Aquí el que controla la puerta controla la plaza. Y la plaza es dinero puro».

El temor ahora es que la negativa se repita el Viernes Santo, cuando el Santo Sepulcro debe acoger la ceremonia del fuego que congrega a 10.000 personas. El protocolo de la luz, que sale del interior del edículo, es transmitido en directo a 30 cadenas de televisión. Cancelarla sería un varapalo diplomático para Israel, que preside este año la comisión que regula los horarios de culto. «Nadie quiere imaginar la imagen del patriarca griego gritando desde la puerta mientras los fieles abuchean a la policía», anticipa un funcionario del ministerio de Religiones que prefiere no dar su nombre. «Sería la postal definitiva de un conflicto que ya no entiende de credos.»

El cardenal Pizzaballa volvió a rezar en la iglesia de San Salvador, a 300 metros, mientras los altavoces de la mezquita de Al-Aqsa entonaban el mediodía. «La oración no entiende de permisos», dijo al salir. Pero en Jerusalén, hasta el Padre Nuestro pasa por el control de identidades. Y esta Semana Santa, por primera vez, el cristianismo local teme que la tumba vacía amanezca cerrada con llave.