Israel investiga la muerte de tres cascos azules mientras su artillería avanza en el sur del líbano
Las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) admitieron este martes que investigan si fueron ellas quienes mataron a tres cascos azules de la FINUL en menos de 24 horas. La versión oficial habla de una «zona de combate activa», pero los cráteres en Bani Hayyan y Aadchit al Qusayr cuentan otra historia: tres soldados indonesios muertos, varios heridos y la misión de paz de la ONU acorralada entre el fuego cruzado.

La cuenta atrás de la finul
El primer proyectil estalló el domingo en una posición próxima a Aadchit al Qusayr. El segundo, este lunes, contra un convoy que circulaba por Bani Hayyan, sector bajo mando español. Entre ambos ataques solo hubo tiempo de rellenar el parte de defunción. La ministra Margarita Robles adelantó la noticia desde Madrid: un casco azul indonesio había muerto. Horas después, la cifra se duplicó. El Gobierno de Yakarta confirmó los tres fallecidos y la lista de heridos que nadie quiere hacer pública.
Israel responde con un telegrama: «No operamos contra la FINUL». Pero los mapas de la ofensiva dicen lo contrario. Desde que Netanyahu ordenó ampliar la llamada «zona de seguridad» al norte del río Zahrani, la avanzada israelí ha dejado 1.247 cadáveres y 3.680 heridos, según el recuento oficial. La frontera ficticia se mueve cada amanecer.
Los cascos azules, inmovilizados por un mandato que les obliga a observar sin disparar, se convierten en testigos incómodos. La FINUL lleva décadas en el sur del Líbano, pero nunca tantos de sus hombres habían muerto en tan poco tiempo. El manual de procedimientos no contempla cómo protegerse de un ejército que invita a la población civil a evacuar mientras bombardea sus casas.
En los pueblos cercanos a los impactos, los libaneses ya no preguntan «quién» dispara. Solo les importa «cuándo» parará. La respuesta llega desde Jerusalén: la operación continuará hasta desmantelar la infraestructura de Hizbulá. Traducción: más columnas de humo, más ataques «regretables» y, posiblemente, más cascos azules en los informes de la ONU.
La investigación prometida por las FDI puede tardar meses. Mientras, los vehículos blindados de la FINUL vuelven a circular por el sur del Líbano con las ventanillas bajadas y la radio a todo volumen, como quien enciende la música para no oír el silbido del proyectil siguiente. En algún despacho de Nueva York, un funcionario revisa el presupuesto anual de la misión y descubre que un casco azul cuesta menos que la coartada que lo entierra.