Israel mata a un soldado libanés y rompe la tregua: 1.200 muertos en tres meses
Un disparo israelí atravesó la madrugada en Tiro y acabó con Alí Husein Ajam, un militar libanés de 32 años que horas antes recibía felicitaciones de sus jefes. El Ejército de Líbano no lo enterró en silencio: lo anunció este lunes en un comunicado que huele a pólvora y a desafío. Ha muerto un soldado, repiten, y con él se desgarró la frágil tregua que ni Tel Aviv ni Beirut logran respetar.
Un ataque a la sombra de la operación contra irán
La bala que mató a Ajam fue una más dentro de la lluvia que Israel descarga sobre el sur de Líbano desde que Hezbolá juró vengar la muerte del ayatolá Alí Jamenei. El 28 de febrero, aviones estadounidenses e israelíes bombardearon Teherán; desde entonces, la frontera libanesa es un tambor que no para de sonar. El partido chií responde con cohetes y Netanyahu responde con fuego, aunque el proyectil caiga sobre un puesto de control del Ejército regular, no sobre un almacén de misiles.
El ataque ocurrió a principios de marzo, pero el Ejército libanés ha guardado el nombre de la víctima bajo llave hasta hoy. Ajam era de Bekaa, tenía dos hermanos menores y un historial de condecoraciones que ahora leen como epitafio. Su funeral, dicen, se celebrará cuando la artillería permita que las familias lloren en paz.

El número que beirut no quiere actualizar
El gobierno libanés ya no habla de “casos aislados”. Eleva la cifra de muertos a 1.200 desde noviembre, cuando un alto el fuego sellado bajo supervisión de la ONU prometía silenciar los fusiles. Israel alega que sus bombardeos no rompen el acuerdo porque apuntan a “infraestructura de Hezbolá”, pero los cadáveres que llenan las morgues del sur llevan el uniforme del ejército regular, no el brazo armado del partido.
La misión de la ONU en Líbano (UNIFIL) ha emitido tres comunicados de condena en lo que va de año. Los tres han sido ignorados. Mientras, en Tiro, los vecinos han aprendido a distinguir el zumbido de un dron de los F-15: el primero espía, el segundo mata.
Trinidad Perdiguero, desde Madrid – El Ágora