Israel pierde a cuatro soldados en líbano y ya investiga si sus propios disparos mataron a cascos azules
El Ejército israelí confirmó la muerte de cuatro soldados en el sur de Líbano, pero omitió cómo murieron. La versión oficial solo da nombres: el capitán Noam Madmoni y los sargentos Ben Cohen y Maxsim Entis. El cuarto cadáver permanece bajo el anonimato que impone la censura militar. En el mismo incidente, un combatiente quedó en estado crítico y un reservista fue evacuado con heridas moderadas. Silencio total sobre el lugar, la hora o el tipo de ataque.
Israel abre dos frentes: la guerra declarada y la que niega
Mientras los cuerpos regresan a Israel, el gobierno de Netanyahu anuncia una investigación paralela: quién mató a tres cascos azules indonesios de la FINUL en menos de 24 horas. La hipótesis que maneja el Estado hebreo apunta a Hizbulá, pero la propia doctrina de apertura de fuego israelí sobre posiciones de la ONU en el sur del Líbano alimenta la duda internacional.
Desde el 2 de marzo, las FDI ejecutan la mayor ofensiva terrestre en suelo libanés desde 2006. La frontera azul se convirtió en un cinturón de humo: 1.247 muertos y 3.680 heridos según el último balance de Beirut, cifras que Tel Aviv no desmiente. Los bombardeos se desplazan cada noche: primero fue el sur, luego el valle de la Bekaa y ahora las colinas que rodean Beirut. El objetivo, según oficiales consultados por El Ágora, es arrancar a Hizbulá de la línea divisoria y crear una zona de amortiguamiento que Israel pueda ocupar “de forma indefinida”.

El plan que nadie firmó: una franja de ocupación encubierta
En los mapas del mando norte de las FDI ya aparece una franja de entre cinco y ocho kilómetros adentro del Líbano marcada en verde. No es un ejercicio: los despliegues avanzan con bulldozers que nivelan casas y olivos centenarios. La lógica es la misma de Gaza: deshumanizar el terreno para justificar su posterior control. El problema es que el sur del Líbano no es una franja: es un puzle de pueblos chiíes que guardan los restos de la guerra de 2006 como reliquias y que, esta vez, reciben armas iraníes por rutas aéreas que ni Israel logra interceptar del todo.
El secretario general de Hizbulá, Naim Qassem, lanzó un mensaje en árabe este martes que apenas recogieron los medios occidentales: “Cada soldado israelí que cruza la franja azul regresa en una bolsa negra”. La retórica suena a vieja, pero los datos le dan la razón: desde octubre, 42 soldados israelíes han muerto en combates fuera de Gaza, 18 de ellos en Líbano. La ratio es de un muerto cada 48 horas.
La onu, entre fuego cruzado y cuentas pendientes
La muerte de los cascos azules indonesios desata una tormenta diplomática. La FINUL lleva meses denunciando que Israel apunta sus posiciones con láser rojo y que Hizbulá utiliza los campamentos de la ONU como escudos. El secretario general António Guterres exigió este martes “una investigación independiente en 72 horas”. Israel respondió que la investigación ya está en marcha, pero la supervisará su propia auditoría militar. Traducción: el lobo vigilará al cordero.
El Consejo de Seguridad se reunirá este jueves. Francia y España impulsan una resolución que amplíe el mandato de la FINUL y permita el uso de drones armados para proteger a los observadores. Estados Unidos, como es norma, vetará cualquier lenguaje que condene a Israel. El resultado será otro comunicado de “preocupación” que naden en el vacío jurídico del sur del Líbano.
En Tel Aviv, mientras tanto, los funerales de los cuatro soldados se celebrarán en ceremonias cerradas. Los nombres se sumarán al muro digital que el Ministerio de Defensa actualiza cada medianoche. Allí, las víctimas de Líbano ya ocupan la tercera pantalla. La guerra que nadie declaró tiene, al menos, contabilidad precisa.