Israel registra un alza del 63 % de agresiones contra cristianos y la policía mira a otro lado
181 escupitajos, cruces rotas, monjas empujadas y una iglesia profanada en plena Via Dolorosa. El informe que este lunes ha sacudido Jerusalén no es un simple parte estadístico: es el reflejo de una hostilidad que ya se ha normalizado en la calle y que las autoridades israelíes registran, archivan y olvidan.
La cuenta que no cuadra
Rossing Center y el Centro de Datos sobre Libertad Religiosa (RFDC) llevan años contando incidentes que, según reconocen, «son solo la punta del iceberg». El salto de 111 a 181 episodios en doce meses —un 63 % más— no obedece a una racha puntual: responde a un patrón que las víctimas denuncian desde hace lustros y que ahora, por primera vez, tiene cifras oficiales que respaldan el relato. El 60 % fueron escupitajos, el 18 % insultos, el 12 % destrozos de símbolos religiosos. El 83 % ocurrió en Jerusalén y, de esos, siete de cada diez dentro de la Ciudad Vieja, donde hay más policía por metro cuadrado que turistas.
La coordinadora de proyectos de Rossing, Federica Sasso, lo ha dejado claro ante los medios: «La inmensa mayoría de las denuncias se cierra sin investigación». Traducción: el agresor vuelve a casa sin pasar ni siquiera por el interrogatorio. La impunidad, añade, «se ha convertido en política de facto». El mensaje cala: si el acoso no tiene coste, el acoso se replica.

La encuesta que nadie pidió
El estudio se ha acompañado de un sondeo interno que desarma cualquier discurso de convivencia. El 70 % de los judíos israelíes entrevistados se opone a que organizaciones cristinas compren suelo en Israel; solo el 38 % aprueba que las escuelas judías expliquen quién fue Jesús de Nazaret. La correlación es demoledora: cuánto más religioso es el encuestado, más reacio a aceptar la presencia cristiana; cuánto más joven, más agresiva la respuesta. Hana Bendcowsky, directora de programas de Rossing, resume la tendencia con una frase que duele: «La tolerancia se compra con años y se pierde con dogmas».
El dato no es menor. Los cristianos de Israel —180.000, de los que el 85 % son árabes— ya avisan: si la brecha se amplía, la emigración se dispara. En Cisjordania la sangría es peor: de 50.000 han pasado a 45.600 en una década. Las proyecciones de las propias iglesias sitúan la desaparición total hacia 2050 si no se frena la fuga.
La guerra que no figura en los partes
El informe apenas menciona Gaza, pero basta con cruzar el muro para comprobar que el cristianismo allí ya es una secta en extinción. La iglesia de la Sagrada Familia, en plena franja, recibió un proyectil que dejó un agujero en el techo y medio centenar de feligreses menos: la comunidad se ha reducido a la mitad, 600 almas que ahora piden permiso para moverse y reciben un «no» por respuesta. En Birzeit, colonos radicales pintaron cruces esvásticas; en Taybeh, quemaron olivos centenarios; en Belén, donde nació el mesías, los cristianos ya no celebran la Navidad en la plaza del pesebre: lo hacen dentro de la iglesia, con retenes de seguridad en la puerta.
El informe termina donde debía empezar: «Muchos casos nunca se reportan». La frase suena a excusa, pero es la constatación de un sistema que ha convertido la denuncia en un trámite inútil. Mientras tanto, en la Vía Dolorosa, los monjes siguen limpiando saliva de sus hábitos y las cruces siguen rompiéndose. La policía pasa, mira y sigue. Jerusalén, 2025: la ciudad que escupe a sus huéspedos y luego se pregunta por qué se van.