Israel vuelve a bombardear gaza: una mujer muere en al maghazi y el recuento de cadáveres crece

La madrugada del jueves, Rawan Fayad salió de su casa en el campo de refugiados de Al Maghazi para buscar agua. Minutos después, un misil israelí convertió su cuerpo en una sombra sobre la arena. La joven de 28 años se convirtió en la primera víctima mortal después de que el Ejército hebreo reanudara los ataques en el centro de la Franja de Gaza, un enclave que lleva 245 días bajo fuego.

El portavoz del Ministerio de Sanidad gazatí, controlado por Hamás, no necesitó alzar la voz: 713 muertos y 1.940 heridos desde la tregua que nunca llegó a serlo. Lo dijo en voz baja, como quien recita una lista de la compra que se alarga cada amanecer. Entre los números, el de Fayad aparece ahora con nombre y apellido. El resto sigue siendo una cifra redonda, un muñeco de goma que se hincha cada vez que alguien aprieta el gatillo.

El mapa de la muerte se estrecha

Al Maghazi y Al Bureij, dos campos de refugiados separados por menos de tres kilómetros, comparten desde ayer el mismo agujero en la tierra. Testimonios recogidos por Filastin —diario afín a Hamás— hablan de drones que zumbaron durante horas antes de la explosión. «Como si escogieran quién merecía morir esta vez», cuenta un vecino que prefiere no dar su nombre. La versión israelí, aún por confirmar, apunta a un «objetivo militar» escondido entre las tiendas de campaña heredadas de 1948.

Lo que nadie cuenta es que Al Maghazi ya parece un cementerio a cielo abierto. Las lápidas son montones de escombros; las flores, trozos de plástico retorcido. La última vez que el Ejército israelí se retiró de la zona, los equipos de rescate encontraron 756 cuerpos semienterrados. Algunos llevaban meses bajo el sol. Otros, horas. El olor se mete en la garganta y no se va ni con mascarilla.

La cifra habla por sí sola: 72.289 palestinos muertos desde el 7 de octubre, según el mismo ministerio que ahora suma a Fayad. De ellos, 172.040 han sido heridos. Pero hay cadáveres que aún no han sido contabilizados: los que duermen bajo los escombros, los que yacen en calles que nadie puede transitar, los que se los llevó el mar cuando las bombas cayeron cerca de la costa. La estimación real supera ya los 73.000, reconocen fuentes médicas consultadas por esta redacción.

La tregua que no cesa de romperse

La tregua que no cesa de romperse

El alto el fuego anunciado en noviembre duró lo que tarda un misil en recorrer 40 kilómetros. Desde entonces, Israel y Hamás se acusan mutuamente de violar lo que ninguno firmó. El Gobierno hebreo asegura que responde a lanzamientos de cohetes desde Gaza; Hamás denuncia que los bombardeos nunca se detuvieron. Entre tanto, los civiles —como Fayad— pagan el pato.

En Jerusalén, la portavoz del Ejército israelí, Avichay Adraee, publicó un tuit a las 07:43: «Eliminamos un terrorista que planeaba un ataque inminente». No mencionó la víctima civil. En Gaza, el portavoz de Hamás, Fawzi Barhoum, respondió con otro tuit: «El ocupador asesina a nuestras mujeres y luego se jacta». Entre tuit y tuit, la vida de Rawan Fayad se convirtió en un hashtag que nadie leerá mañana.

Lo que sí leerán es el informe que prepara la ONU para la próxima semana. Se filtra que incluye fotografías de fosas comunes excavadas con retroexcavadoras en plena carretera Salah al-Din. Una de ellas, con 37 cadáveres, fue cubierta con arena y cal viva. La imagen, tomada por un voluntario italiano, muestra un brazo infantil que sobresale del montón. El dedo índice apunta al cielo, como quien pregunta quién fue el último en fallar.

El negocio de la esperanza

El negocio de la esperanza

Mientras tanto, en el hospital Al Aqsa, el director Muneer al-Bursh ha dejado de pedir medicinas. «Nos sobran bolsas de cadáveres», dice. Lo que falta es espacio en la nevera. Han convertido la cafetería en una morgue improvisada; las mesas de formica sirven ahora como camillas para los muertos. El olor a café ha sido reemplazado por el de la descomposición. «Aquí hasta la esperanza huele a podrido», afirma sin dramatismo.

La comunidad internacional mira a otro lado. La UE condena «la violencia extrema» pero no rompe los acuerdos comerciales con Tel Aviv. EE. UU. aprueba un paquete de ayuda militar por 15.000 millones de dólares. Arabia Saudita promete «una solución de dos Estados» mientras firma contratos de armas con empresas israelíes. El cinismo tiene nombre y apellido: se llama Realpolitik.

En Madrid, la ministra de Exteriores, José Manuel Albares, pidió «contención» en una rueda de prensa que duró tres minutos. No mencionó a Rawan Fayad. Tampoco los 72.288 anteriores. Se limitó a decir que «España está preocupada». La preocupación, eso sí, no llegó a la frontera de Egipto, donde 4.000 camiones con ayuda humanitaria llevan días esperando un permiso que nadie firma.

La cifra habla por sí sola: 37 niños mueren cada día en Gaza. Uno cada 39 minutos. Lo que nadie cuenta es que los supervivientes ya no lloran. Se quedan quietos, mirando el horizonte, como quien espera que la próxima bomba lleve su nombre. Y así, entre espera y bomba, la vida se reduce a un paréntesis que se abre con un zumbido y se cierra con un silencio.

Cuando anochezca, en Al Maghazi encenderán otra vez las velas de plástico. No por Fayad —su familia ya emigró al cementerio— sino por los que siguen vivos. La luz temblará sobre los rostros, como una promesa que nunca se cumplirá. Y mañana, cuando el sol caliente los escombros, algún vecino encontrará otro brazo, otro dedo índice, otra historia que nadie contará. Porque aquí la muerte ya no es noticia. Es el paisaje.