Israel vuelve a golpear gaza: nueve muertos en 24 horas y la tregua se desmorona

Nueve cadáveres, dos bombardeos y un silencio oficial que huele a pólvora. Mawasi, al sur de Jan Yunis, amaneció este domingo convertida en un solar de hormigón y sábanas ensangrentadas tras un ataque aéreo que mató a seis personas, entre ellas tres policías palestinos y un civil aún sin identificar. La noche anterior, en la medina de Gaza y en Beni Suhaila, otros tres hombres perdieron la vida. En 24 horas, la tregua que nunca llegó a serlo ha quedado al descubierto.

La lista que crece en la nevera de al nasser

Los nombres ya no caben en la pizarra del hospital. Rafat Jamis Alwa Abu Mashi, Mohamad Kamal Musleh Sheij Eid, Shukri Sarhan Ahmad Al Sufi, Ashraf Al Rumailat y Samir Hilal Yusef Al Fasis comparten ahora la misma losa de cadáveres apilados en el Complejo Médico de Al Nasser. Los equipos de emergencia trabajaron con linternas porque la electricidad se fue hace días. El olor a desinfectante se mezcla con el de la carnicería.

El Ejército israelí no ha emitido comunicado. Tampoco lo hizo cuando mató a los hermanos Qadum ni cuando Ahmed Faiz Salem Abu Reida murió dentro de su coche, convertido en una bola de fuego en la carretera de Beni Suhaila. La costumbre se ha vuelto táctica: callar, esperar a que la agenda internacional gire página y seguir.

Desde la ruptura del alto el fuego de octubre de 2025, el Ministerio de Sanidad de Hamás contabiliza 692 muertos y 1.895 heridos. Si sumamos los nueve muertos del fin de semana, el cómputo supera ya las 72.200 víctimas desde que Israel desató su ofensiva el 7 de octubre de 2023. La cifra habla por sí sola: cada día sin guerra declarada hay, de media, dos ataques y tres ataúdades.

La lógica del mínimo daño anunciado

La lógica del mínimo daño anunciado

En la franja sur, los vecinos ya no bajan a los sótanos cuando escuchan los drones. «Si viene la bomba, viene», dice Umm Tarek mientras recoge escombros con sus manos vendadas. Sabe que el objetivo oficial es «un puesto policial», pero también sabe que las guías de precisión del armamento no leen nombres. El daño colateral es un eufemismo que aquí se traduce en viudas y en facturas de amputación que nadie pagará.

El portavoz del gobierno israelí, preguntado por la cadena Kan, esbozó una sonrisa de cortesía y repitió la letanía: «Operamos contra infraestructura terrorista». No aclaró cuándo un puesto de control se convierte en terrorismo ni cuándo un civil se transforma en escudo. La respuesta llega después, en forma de cohete, y siempre es la misma: silencio y humo.

Mientras tanto, en El Ágora hemos comprobado que la mitad de los muertos del fin de semana figuraban en listas de empleados civiles del gobierno de Gaza: conductores de ambulancias, técnicos de agua potable, un maestro de primaria que hacía guardia nocturna para completar el sueldo. La línea entre milicia y sociedad se disolvió hace tiempo; aquí todos somos blancos potenciales.

El olvido programado

La comunidad internativa —ese grupo de WhatsApp diplomático— enviará «preocupación» y pedirá «contención». Luego volverán al cortafuegos de la semana que viene. Gaza, acostumbrada a los titulares de 48 horas, ya prepara la siguiente marcha fúnebre. Los camiones de hielo llegan tarde; los cuerpos se apilan deprisa. El olor a cloro y a muerte se filtra por las rendijas de los periodistas que, como yo, seguimos anotando nombres que naden contra la corriente del olvido.

El balance es brutal: nueve muertos, cero explicaciones, 72.268 razones para entender que la paz no es una tregua, es una rutina que aquí nadie conoce. La lista sigue abierta. Y el domingo ya se ha acabado.