Italia se juega la piel en sarajevo: otra eliminación podría enterrar a la azzurra
Italia tiene el martes 90 minutos para evitar que el fútbol la declare en coma. Ocho años sin Mundial es ya una cicatriz; doce podrían convertirse en herida mortal para una nación que mide su orgullo en Copas del Mundo.
El partido que pesa como una final antes de tiempo
A las 20:45, en un estadio cuyos graderíos olían a cordita en los noventa, la Azzurra se enfrentará a Bosnia con el pasaporte a 2026 en la boca del estómago. El guion es brutal: victoria y redención, derrota y ostracismo. Gattuso lo sabe; por eso esta semana ha convertido la sala de prensa de Coverciano en capilla ardiente donde solo se admite la palabra «orgullo» y se prohíbe pronunciar «miedo».
El seleccionador, que en 2006 besó el trofeo como jugador, ha devuelto al grupo la capacidad de sudar la camiseta, pero no la claridad. Su equipo sigue siendo un rompecabezas sin esquinas: Barella y Tonali se pischan en el mismo metro cuadrado, Bastoni y Calafiori necesitan GPS para saber cuándo salir, y Donnarumma ataja más balones que preguntas. Italia ganó a Irlanda del Norte, sí, pero lo hizo contra once tipos que la mayoría ni fichan en Fantasy Premier. Ahora viaja a Sarajevo con la mochila llena de fantasmas: Suecia 2017, Macedonia 2021, la Eurocopa 2021 que fue un espejismo.
Enfrente estará Edin Dzeko, 38 primaveras y dos rodillas que crujen como vieja taberna, pero capaz de convertir un balón colgado en sentencia. El delantero ha anotado cinco goles en esta fase y se ha encargado de recordar a los italianos que «ellos también celebraron en balcón cuando Bosnia apeó a Gales». La anécdota ha encendido las redes sociales bosnias; el odio ya huele a grada.

El once que gattuso dibuja en secreto
La única certeza es que habrá fútbol de desgaste. Gattuso baraja dos cambios: Cristante por Locatelli para aportar kilos de rabia en la medular, y Pio Esposito por Retegui para que Kean tenga un compañero de charlas y diagonales. El resto lo dicta la supervivencia. Italia no puede dominar el balón porque se le escurre; entonces optará por el plan clásico: ceder terreno, encerrar a Bosnia en su ansiedad y buscar la contra con los pulmones de Barella y la intuición de Chiesa.
El dato habla por sí solo: desde 1958, cuando el Mundial se jugó sin Italia por motivos deportivos, la Azzurra solo ha faltado dos veces seguidas. Ahora sumaría tres. El país que exportó el catenaccio y la belleza de Rivera se está convirtiendo en la cenicienta de su propia historia.
La UEFA ya ha avisado: si Italia cae, ocupará el bombo cuatro en el sorteo de la próxima fase de clasificación, ese donde conviven los escombros de potencias dormidas. Sería la confirmación de que el fútbol también puede ser una sentencia sin apelación.
En el vestuario de la Azzurra cuelgan las camisetas de 2006, las mismas que llevaban Cannavaro, Totti y el propio Gattuso. El mensaje es sutil: nadie es eterno, pero el escudo lo es. El martes, o Italia se viste de nuevo con la historia o se quedará desnuda en la ladera de un estadio que ya olvida sus glorias. El reloj corre hacia el abismo; el balón, como siempre, juzgará.