Jaume guardeño, la promesa del ciclismo español, lucha por su vida tras chocar con un coche en pleno entrenamiento

Jaume Guardeño, el chico que hizo llorar a los veteranos de Caldes de Montbui cuando remontó en la ramps de La Molina hace un año, yace hoy en la UCI del Taulí con un traumatismo craneoencefálico que le ha hecho perder el habla y el movimiento del lado derecho. El martes, a las 10:37, una piedra de esas que nadie recuerda en la carretera BV-1241 le hizo volar contra un utilitario gris que venía de frente. El helicóptero del SEM tardó 18 minutos en llegar; a él le sobraban dos para morir desangrado.

Lo que nadie cuenta es que Guardeño no llevaba casco de time trial: había salido a rodar suave, el típico rollo de recuperación que los neopros hacen en silencio. En su mochila, el pasaporte para el Tour de Francia: Caja Rural acababa de confirmar su plaza el lunes por la noche. El director deportivo, Eugenio Goikoetxea, llora por teléfono: «Le dije que se guardara la rosa de la Volta como amuleto. Se la puso en el manillar».

Cómo una piedra puede torcer la historia de un país que ya no cree en prodigios

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España tenía en Guardeño al ciclista que devolvería la ilusión a las generaciones que crecieron con Indurain. Decimocuarto en la pasada Vuelta, segundo mejor español tras Mas, el alteano había aprendido a calcular watts mientras trabajaba en la gasolinera de su padre en l'Alfàs del Pi. Allí, entre facturas y olor a gasóleo, leía libros de fisiología y anotaba en cuadernos de contabilidad sus umbrales de lactato. La cifra habla por sí sola: 6,2 vatios por kilo a los veintitrés años. Ningún español había llegado tan lejos tan pronto.

Pero hay un detalle que duele más que el cráneo roto: el coche que lo impactó era un Kia Picanto matriculado en Girona, conducido por una mujer de 72 años que volvía de llevar al nieto al colegio. Testigos insisten: la ciclista venía en el carril contrario, ella no pudo hacer nada. La Guardia Civil ha abierto diligencias por «imprudencia temeraria» sin querer aclarar a quién. En el bar El Rincón de Altea, donde Guardi (así lo llaman) celebró su primera victoria juvenil con Coca-Cola y anchoas, los clientes hablan de maldición: «Primero Purito, luego Contador, ahora este chico. Nos quitan a los que más faltaba nos hacía».

El médico de guardia, el doctor Joan Sabater, sale a las dos de la madrugada con los puños temblándole: «Hemos conseguido reducir la presión intracraneal, pero el daño axonal es extenso». Traducción: las neuronas que le permitían girar el piñón de 34 con cadencia de 95 rpm están rotas. Su madre, Charo, se niega a firmar el parte de lesiones: «Mientras respire, mi hijo seguirá pedalizando».

Caja Rural ha suspendido toda actividad competitiva hasta junio. El presidente, José Luis Arrieta, ex-ciclista que perdió a su hermano en la carretera de Teruel en 1996, declara: «No vamos al Tour. Sin Jaume, no hay Tour». La pérdida económica ronda los 3,8 millones en contratos de publicidad que ya piensan en demandar al Ayuntamiento de Caldes por falta de mantenimiento vial. La piedra, esa maldita piedra, formaba parte del desagüe de una obra de 2019 que nadún inspector revisó.

En la habitación 3.7 del Taulí, la enfermera Montse ha colgado la rosa de la Volta en el respaldo de la cama. «Cuando abra los ojos, que vea que le queda una etapa por ganar», susurra. Afuera, los ciclistas de la zona entrenan con cinta negra en el brazo. Alguien ha escrito con tiza en el asfalto: «Guardi, el puerto es tuyo». La frase se borrará con la primera lluvia, pero la ciclovía de la BV-1241 ya lleva su nombre en boca de todos los que suben sin casco, sin miedo, sin futuro.