Joan mitchell rompe récord en asia: 17,6 millones por un lienzo que desafía el olvido
Las paredes de Sotheby’s Hong Kong estallaron en aplausos cuando el martillo confirmó lo que muchos sospechaban: Joan Mitchell acababa de pulverizar el techo de cristal que separa a las artistas del club de los ‘millones’. Su díptico La Grande Vallée VII se vendió en 137,35 millones de dólares hongkoneses, 17,6 millones de dólares estadounidenses, y convirtió a la pintora de Chicago en la mujer más cara jamás subastada en asia.

El expresionismo abstracto se mudó al pacífico
La obra, firmada en 1983 cuando Mitchell ya batallaba contra el cáncer, no es un simple paisaje: es un vendaval de verdes, azules y carmesí que parece querer tragarse el lienzo. La subasta partía de 110 millones de dólares hongkoneses; la puja saltó hasta 137 en cinco minutos. Nadie se sorprendió. El mercado asiático lleva años reclamando su propia narrativa del arte occidental y Mitchell, olvidada durante décadas, encaja como un guante en esa relectura.
El domingo fue un festival de cifras redondas. Sotheby’s adjudicó el 100 % de los lotes: 54 piezas, 548,4 millones de dólares hongkoneses. El mensaje es claro: el dinero sigue fluyendo, solo cambia de latitud. Mientras Europa debate recortes y subsidios, Hong Kong se llena de nuevos millonarios que prefieren colgar un Rothko a comprar otro yate.
Mark Rothko cumplió la función de aperitivo. Su No. 10, un bloque de color naranja y púrpura pintado en 1949, alcanzó 66,78 millones de dólares hongkoneses, más del doble de la estimación baja. La casa lo presentó como “el origen del Multiform”, esa fase en la que el ruso desmanteló la figura para quedarse solo con la emoción. Los pujadores asiáticos lo entendieron al instante: si la abstracción es un lenguaje, Rothko es su alfabeto.
La velada tuvo sabor local. Sanyu, el pintor chino que murió solitario en París en 1966, colocó su Beijing Circus en 47,26 millones. La obra, un oleo de payasos que parecen gritar en silencio, es un espejo del exilio que muchos nuevos ricos chinos conocen de cerca. Yayoi Kusama, la eterna obsesiva del infinito, sumó otros 49,7 millones con una calabaza de resina que parece crecer bajo la luz de neón. La artista japonesa, ya nonagenaria, mandó un vídeo desde Tokio: “Mi pumpkin es una puerta, no un objeto”. La puerta se abrió y se cerró en menos de tres minutos.
Detrás de los flashes hay un dato menos glamuroso: solo dos mujeres entre los diez lotes más caros. Mitchell y Kusama. El resto, hombres occidentales o asiáticos. La brecha no se cierra con un récord; se amplía si la narrativa no cambia. Lo que nadie cuenta es que el 70 % de los compradores fueron menores de 45 años y que la mitad pagó con stablecoin. El arte ya no es refugio, es ficha de póker digital.
La semana del arte en Hong Kong termina y la ciudad recupera su ritmo de ferrari y grúas. Mitchell se queda en la pared de un ático de Kowloon, mirando al mar que ella nunca visitó. La cifra habla por sí sola: 17,6 millones es lo que cuesta olvidar a una generación de artistas que firmó en dólares y murió en la sombra. Ahora la luz es china, el dinero es electrónico y el lienzo, por fin, se ha vuelto inasequible para el olvido.