Jordania recorta el gasto hasta el hueso ante el shock de guerra que encarece la energía

Ya no hay viajes, ni coche oficial tras las seis, ni aire acondicionado. Jordania ha declarado el modo austeridad absoluta este lunes para capear el vendaval económico que trae la guerra entre EEUU-Israel e Irán. El Gobierno de Amán teme que el crudo se dispare por encima de los 100 dólares y deje sin aliento el presupuesto real.

El primer ministro Yaafar Hassan firmó de madrugada un decreto de emergencia que congela durante dos meses todo lo que no sea indispensable. Coche oficial solo para quien firne actas de Estado. Delegaciones en el extranjero suspendidas salvo que el propio premier rubrique la salida. Y los banquetes oficiales se convierten en café con galleta. La factura eléctrica de los ministerios queda congelada: sin aire ni calefacción, aunque en el desierto el termómetro marque 40 °C.

La factura de una guerra que ya llega al bolsillo

El detonante no es otro que el conflicto que estalló el 28 de febrero. Misiles iraníes cruzan el cielo de Jordania para golpear bases israelíes y estadounidenses; a cambio, las baterías antiaéreas jordanas disparan a 200.000 dólares cada interceptación. La factura militar se dispara mientras el petróleo perfora la barrera de los 100 dólares y el gas natural encadena repuntes de más del 80 % en tres días.

El estrecho de Ormuz, por donde fluye el 20 % del crudo mundial, está en manos de Teherán. Cada amenaza de cierre enciende la mecha de los mercados y la de las arcas jordanas, que importan el 92 % de su energía. El resultado: un déficit que ya rozaba el 5 % del PIB antes de que cayera el primer misil.

Hassan necesita ahorrar ya, porque el Fondo Monetario Internacional le exige contención y los inversores árabes miran a otra parte. El plan que entró en vigor esta misma mañada recorta hasta el último dinar: control de auditoría interna en cada ministerio y denuncia pública al que se pase un gramo del presupuesto.

La medida no es simbólica. El año pasado solo en dietas y coches oficiales el Gobierno gastó 280 millones de dinares (350 millones de euros). Con el precio del barril por las nubes, ese dinero ahora se necesita para pagar el combustible que mantiene encendidas las plantas desélicas del país. La alternativa es el apagón.

El desierto se queda sin aire y la calle sin disculpa

El desierto se queda sin aire y la calle sin disculpa

En los pasillos de la sede del Parlamento ya circula la queja: «¿Por qué ahora y no cuando derrochamos en congresos de cinco estrellas?». La respuesta llega en forma de cifra: el crudo Brent cerró ayer en 104,3 dólares y el spread del gas en Europa tocó 62 euros por MWh. Para un reino sin un solo pozo, cada día de guerra cuesta 3 millones de dinares extra.

Hassan, ex economista del Banco Mundial, sabe que el margen es cero. Si la tensión se alarga, Jordania puede ver su deuda saltar del 75 % al 85 % del PIB antes de que acabe el verano. La austeridad de hoy es la factura que evita el default de mañana.

La medida tiene un efecto demoledor en la clase política: ministros que viajaban en Land Cruiser ahora piden coche compartido; secretarios que celebraban confraternidades en hoteles de cinco estrellas reciben la orden de usar la cafetería del edificio. La Instrucción 24/2024, así se llama el decreto, prohíbe hasta la botella de agua mineral en las reuniones. Quien incumpla será públicamente nombrado y multado.

En la calle, la gente aplaude y se burla a la vez. «Que se bajen del coche primero, luego ya veremos si bajan el precio del pan», dice Abu Saleh, propietario de una tahona del centro de Amán. La harina también sube, porque el trigo llega por barcos que pagan sobrecargo de seguro por cruzar el Golfo.

Jordania se juega la credibilidad. Si el ajuste funciona, será el modelo que el FMI exhiba en la próxima reunión de primavera. Si falla, el Fondo volverá, pero esta vez con la receta de siempre: devaluación y subida de impuestos. Mientras tanto, los aires acondicionados permanecen apagados y el desierto entra por las ventanas del palacio de Hussein. La guerra está lejos, pero la factura ya se cobra aquí.