Jordi cruz se rebela contra la herencia: se gastará su fortuna antes de morir

Jordi Cruz ha dicho basta. Con seis estrellas Michelin en la mochila, el catalán ha decidido que su legado no será ni un euro atado a su nombre. “No quiero dejarles mucho dinero a mis hijos porque me lo voy a gastar yo”, ha sentenciado en el pódcast Se me antaja. La frase suena a provocación, pero es la síntesis de una revolución silenciosa que empezó cuando Noah y Nico llegaron al mundo y él se vio obligado a contar los minutos que pasaba fuera de casa.

La cuenta atrás comenzó en 2024, el año en que se casó con Rebecca Lima. Desde entonces, el reloj del chef más televisivo de España se rige por otra alarma: la del cambio de pañales. ABaC sigue siendo templo de los tres macarons, pero ahora cierra antes para que Cruz baje a tiempo al parvulario. “Les quiero ver crecer”, repite como quien confiesa un pecado capital en la cocina de alta guardia.

De los fogones a la cuna: el nuevo horario de un emperador

El cambio se nota en la Barcelona más VIP. Su chalet de zona alta alberga dos cocinas: una doméstica y otra de laboratorio donde testa platos que quizá nunca lleguen a carta. El espacio funciona como un simulacro de su vida bifronte: la misma persona que firma menús degustación por 250 euros se pelea a las 7 a.m. por calentar el biberón antes que el horno de vapor.

La cifra habla por sí sola: 1,2 millones de seguidores en Instagram lo convierten en el chef más seguido de MasterChef, pero el algoritmo que más le importa es el que calcula cuántos días al mes puede cenar en casa sin fallar. Ha bajado de 28 a 12. Todavía le duele.

Por eso su declaración de intenciones económicas no es un capricho millennial. Es la coartada perfecta para justificar que su fortuna —valorada en más de 15 millones de euros entre restaurantes, contratos televisivos y libros— se convertirá en viajes, experiencias y, tal vez, en esa bodega privada que sueña montar en Priorato para beberse sus propias añadas antes que heredárselas a nadie.

El apellido que no heredará el apellido

El apellido que no heredará el apellido

Noah y Nico crecerán con los nombres que él y Lima eligieron tras consultar etimologías: “calma” y “victoria del pueblo”. Dos conceptos que, paradójicamente, él no quiere traducir en capital. La lógica es demoledora: si el chef más joven en recibir tres estrellas —lo logró a los 33 años— pudo llegar sin red, sus hijos también pueden cocinarse la vida.

La jugada lleva el sello de quien ya no necesa demostrar nada. Cruz ha pasado de ser el niño prodigio que dormía en el dormitorio del ABaC para abrir al mediodía a ser el padre que programa sus viajes según el calendario escolar. El mismo que, entre grabación y grabación, se escapa a la Boquería a comprar garbanzos para la cena familiar. Porque la victoria del pueblo, en su caso, empieza por conquistar la mesa propia antes que la mesa de jueces.

El mensaje es claro: cuando el último plato salga de la pasarela de ABaC, él ya habrá apagado los fuenos. La cuenta corriente, en cero. La herencia, en la memoria olfativa de sus hijos: olor a sofrito de tomate los domingos y a canela en la merienda. Nada de eso entra en el testamento, pero es lo único que no se puede confiscar.