José fernando ortega deja el redó para medirse a la vida como reponedor
El almacén de Alcobendas abre a las siete y él ya lleva dos horas despierto. José Fernando Ortega, 48 años, hijo de José Ortega Cano y Rocío Jurado, coge el mando de suerte después de pasar la noche repasando listas de mercancía. No hay cámaras, ni photocall, ni versos de saeta: solo un chaleco reflectante y un carrito de palets que cruje contra el hormigón. Ha pasado de firmar autógrafos en la plaza de La Malagueta a apilar bolsas de cemento a 3,20 euros la hora. Y, paradójicamente, jamás había cobrado con tanta ilusión.
De la clínica al pasillo de tubos de pvc
La última vez que su nombre colapsó las alertas de prensa fue en 2022, cuando ingresó en una unidad de desintoxicación de Toledo tras una cadena de brotes psicóticos que dejaron a su familia en vilo. Allí durmió colchones de goma, desayuno en bandeja de cartón y aprendió a confiar en la hora del patio. Siete meses después sale con un título de carretillero y un parte de evolución favorable que firma la psiquiatra que le retiró la medicación hace apenas semanas. El empleo llegó a través de la fundación que gestiona el centro: un convenio con una cadena de bricolaje que ofrece contratos de seis meses renovables y horario partido. El sueldo, 1.140 euros, le alquila un piso de 45 m² en San Sebastián de los Reyes y le permite pagar la cuota de la gardería de su hija Rocío, 5 años, la única herencia viva que le quedó de Michu, su pareja, muerta el pasado julio de parada cardiorespiratoria.
Los compañeros lo llaman «el flaco». Sabe que muchos lo reconocen, pero nadie pregunta. En la pausa de diez minutos fuma un cigarro junto al contenedor y repite el mismo mantra: «Aquí no soy nadie, aquí no me rompo». Lleva dos meses sin ingresos en el casino de Azca, sin episodios de manía y sin subirse a un escenario. La noche que cumplió el mes sobrio lo celebró comprándole a la pequeña unos zapatos de luz. «Se me quedó mirando y dijo: “Papi brilla”». Esa frase, asegura, le dura más que cualquier estrofa de cuplé que cantó su madre en el Teatro Monumental.

El testamento emocional de la familia ortega
Su padre, José Ortega Cano, lleva el toro de lidia tatuado en el antebrazo y el miedo escenificado en cada llamada telefónica. «¿Cenas en casa?» es la pregunta que repite cada tarde. La convivencia se reduce a los domingos: arroz con conejo y partido del Betis en el salón. Doña Ana María, viuda de Ortega, no menciona la palabra «overdosis» desde 2019; prefiere hablar de «trastorno» y se persigna cuando el niño sube al coche de su hijo. El hermano, Gloria Camila, ha cerrado el capítulo en televisión: «Ya no vendo mi vida, vendo ropa interior», bromea desde su tienda de moda en Sevilla. La herencia judicial del malagueño sigue en los juzgados: una parcela en Chiclana, un piso en La Castellana y el derecho de imagen de Rocío Jurado, que Spotify paga cada vez que suena «Se nos rompió el amor». De momento nadie toca nada. «Que se queden con la música; yo me quedo con la niña», resume José Fernando mientras aprieta el cierre metálico del almacén.
El jefe de sección confiesa que al principio dudó: «¿Un tipo con antecedentes? Pero viene antes que el reloj y se come el bocadillo de pie». La primera semana le costó doblar sacos de 25 kg; ahora mueve 400 al día. El médico de cabecera le ha bajado la dosis de antipsicótico al 30 %. El objetivo siguiente es sacarse el carné de camión. «Quiero llevar la mercancía hasta Valencia, dormir en la cabina y volver antes del viernes para llevar a Rocío al parque». En el móvil guarda una foto de la fachada del almacén: la ha convertido en su nueva portada de Facebook. Tiene 37 me gusta. «Es poco, pero son míos», sentencia.
La semana que viene cumplirá los 49. No habrá festejo, solo la guardia de tarde. Se ha comprado un reloj digital de 12 euros que marca los segundos en rojo. «Cada vez que pita, me acuerdo de que la suerte ya no la elijo en el sorteo de los toros, la elijo al despertar». Entre palet y palet, sueña con un taller mecánico propio. Mientras, aprieta los dientes, carga otra bobina de cable y deja que el sudor le sirva de lavado de cara. Por primera vez en tres décadas, su nombre llena una nómina y no un titular. Para un Ortega, eso ya es una victoria mayor que cualorear la oreja.