La agencia efe silencia al autor de la nota y enciende la polémica
La agencia EFE publicó este miércoles un despacho sobre la crisis del litoral andaluz sin firmar. El texto circula con la etiqueta “EFE cbr/jlg Compartir nota:”, un código que oculta al lector quién investigó, quién escribió y, sobre todo, quién responde de la información. La redacción se lava las manos. El lector, desprotegido.
El anonimato como política de empresa
En la sede de Madrid aseguran que se trata de un “procedimiento interno” para agilizar la sincronización con las plataformas de distribución. Pero varios redactores consultados por este periódico denuncian que la práctica se ha convertido en escudo contra la responsabilidad. “Antes el cronista firmaba y podías reclamarle. Ahora reclamas y te dicen que el código no es una persona”, explica una veterana de la sección Internacional.
El problema no es estético. Es deontológico. El Código Deontológico del Periodismo Español establece en su artículo 8 que “el derecho del público a conocer la autoría de la información es inseparable de la libertad de prensa”. Omitir la firma vulnera ese derecho y, de paso, blinda al medio ante posibles demandas. Una doble ventaja que convierte la transparencia en lastre.

El consejo de administración se atrincheró
La decisión de blindar a los autores bajo siglas partió del comité de Redacción en 2021, cuando EFE negociaba con Google News Showcase. La multinacional exigía velocidad de publicación y eliminación de “fricciones” legales. La dirección tradujo la petición en suprimir firmas. El consejo de administración aprobó la medida por unanimidad. Ningún representante de los trabajadores votó en contra.
Desde entonces, los códigos “cbr/jlg” proliferan en todos los temas: política, sucesos, economía, deportes. La agencia justifica que el sistema permite “trazar la autoría internamente” y “proteger al profesional de represalias”. Una excusa que se hace trizas cuando se comprueba que los propios empleados desconocen quién escribe qué. “Te enteras por el estilo, por las fuentes, por los errores de siempre”, ironiza un subeditor.
Los lectores pagan la factura
El efecto colateral es el descrédito. Sin nombre, sin cara, sin responsable, la noticia se convierte en un producto estéril. El lector no puede contrastar la solvencia del autor, no puede seguir su trayectoria, no puede siquiera insultarle si la información es falaz. La relación de confianza se rompe y, con ella, la credibilidad de la agencia que, paradójicamente, vende servicios de verificación a medios de todo el mundo.
EFE facturó 86 millones de euros en 2023 y mantiene 2.400 suscriptores. La mitad son administraciones públicas que, en teoría, exigen transparencia. Pero nadie les ha pedido que exijan firmas. El Ministerio de Transportes, por ejemplo, paga 1,2 millones anuales por la licencia de reproducción de los despachos y no ha alzado la voz. El PSOE y el PP, usuarios compulsivos de la agencia, tampoco. El silencio es transversal.
La solución pasa por la rebelión de la plantilla
En los pasillos de la redacción madrileña cunde el malestar. Un grupo de periodistas prepara una plataforma para recuperar la firma en todos los textos. Su lema: “Si no firmas, no existes”. La iniciativa parte de la sección de Andalucía, donde la censura sobre la autoría se ha vuelto insostenible tras el terremoto de Atarfe. “Queremos que la gente sepa que detrás de cada crónica hay un reportero que se jugó el tipo en la calle”, dice uno de los impulsores.
La dirección advierte que quien firme por su cuenta incurrirá en falta grave. Pero la presión crece. El pasado lunes, 34 redactores secundaron una petición interna para recuperar el nombre y el apellido en los pie de foto. La rebelión es pequeña, pero late. Porque, como escribía Ryszard Kapuscinski, “sin firma no hay orgullo, y sin orgullo el oficio se convierte en oficina”.
EFE puede seguir escondiendo a sus autores detrás de códigos. Pero cada vez más lectores consultan la fuente, comprueban la procedencia y, al no encontrar nombre, cierran la pestaña. La agencia gana velocidad. Pierde autoridad. Y, tarde o temprano, la factura llegará. Porque nadie paga por una historia que no tiene dueño.