La bandera de ee.uu. ondea de nuevo en caracas: el regreso que nadie esperaba
La bandera estadounidense volvió a ondear este lunes en la fachada de la antigua embajada de EE.UU. en caracas, un gesto que hace cuatro años parecía impensable. La reapertura formal de la sede diplomática pone fin al corte de relaciones impuesto por Trump en 2019 y restablece, de facto, el canal con el gobierno de Nicolás Maduro, aunque Washington siga llamando a Juan Guaidó «presidente encargado» en la web oficial.
El acuerdo que nadie firmó
Lo curioso: no hay tratado, no hay foto de manos estrechadas, ni siquiera un comunicado conjunto. La Casa Blanda solo confirmó que «un equipo consular protegerá los intereses de EE.UU.» y que el personal «se limitará a asuntos esenciales». Es decir, la embajada funciona, pero sin embajador y sin la pompa que suele rodear la reapertura de una misión diplomática. La canciller venezolana, Delcy Rodríguez, se limitó a retuitear la noticia oficial de la aerolínea Conviasa que reanudó vuelos a Moscú: silencio estratégico o simple desgana.
En la calle, la reacción fue un susurro. Los caraqueños pasan frente al edificio de la avenida Francisco de Miranda sin mirar: años de colas, hiperinflación y apagones han secado la capacidad de asombro. «Que vuelvan los gringos si traen gasolina», me dijo un motorizado mientras arrancaba su bicitaxi. La frase resume el pragmatismo de una ciudad donde la geopolítica se mide en litros de combustible.

Petróleo, sanciones y la cuenta pendiente
Detrás del gesto protocolario hay un número: 325 000 barriles diarios. Tanto Venezuela como EE.UU. necesitan que el crudo vuelva a fluir hacia las refinerías de Texas. Maduro quiere vender sin intermediarios iraníes; Washington quiere llenar el vacío dejado por la invasión rusa a Ucrania. El problema es que PDVSA sigue bajo sanciones y Chevron solo puede operar con licencia exprés que vence en noviembre. La embajada, sin embajador, es la oficina de cola para renovar ese permiso.
El Departamento del Tesoro ya recibió la primera lista: empresas venezolanas que piden «certificados de no sanción» para exportar oro, hierro y hasta cacao. La lógica es brutal: si no puedes derrocar al chavismo, al menos intenta que te venda barato. Un ex colega de Repsol me lo explicó así: «Es como negociar con un banco quebrado: le perdonas la deuda a cambio de que te devuelva la llave de la caja».
La oposición, fragmentada y sin credibilidad, apenas reaccionó. La última encuesta de Meganálisis da a Maduro 42 % de intención de voto para 2024; el candidato unitario, si aparece, arranca en 19 %. La reapertura de la embajada no cambiará esos números, pero sí le da oxígeno al oficialismo: «Vean, el imperio nos reconoce», dirán en la campaña. Y no les faltará razón.
El viernes, mientras los diplomáticos colocaban la placa, un grupo de chavistas celebraba frente a la puerta con arepas y un cartel: «Bienvenidos, pero con respeto». A cien metros, un viejo operador petrolero mascullaba: «Respeto no se come». Ambos tienen razón. La embajada abrió, pero la grieta sigue viva. Y el petróleo, como siempre, seguirá decidiendo quién paga la cuenta.