La daia llenó el colón de influencias y la jueza weinberg de roca cruzó la línea judicial

Mientras un soldado israelí pedía por Zoom que no se olvide a los rehenes, la jueza Inés Weinberg de Roca compartía escenario con influencers y senadoras en el desayuno del Mes de la Mujer que la DAIA celebró en el Colón. La presidenta del máximo tribunal porteño, que debería guardar la apariencia de imparcialidad, se prestó al juego de las fotos y los aplausos. Lo que nadie cuenta es que, horas después, su nombre volvió a circular en un escrito que pide apartarla de una causa por amenazas a un periodista mapuche.

El ritual anual que ya no disimula

La nueve edición del desayuno de la DAIA repitió la fórmula: flores, desayuno kosher y un panel de mujeres «referentes». Pero este año la anfitriona, Marisa Koifman, presidente de la delegación argentina de la mayor organización judía del mundo, metió la pata: ubicó a Weinberg de Roca entre Luli Ofman y Keren Weinstein, dos influencers que monetizan la defensa de Israel en TikTok. La imagen de la jueza sonriendo con el micrófono en la mano mientras Ofman hablaba de «filtrar haters» ya recorre los chats de los juzgados comerciales. El mensaje es claro: la línea entre el poder judicial y la agenda proselitista se borró.

La senadora Carolina Losada (UCR) aprovechó para arengar contra el «paquete de leyes anti-pueblo» que impulsa el Gobierno. A su lado, la periodista Carolina Amoroso defendió la ley de medios que ella misma ayudó a redactar cuando era asesora de Cristina Kirchner. Nadie recordó que, apenas el mes pasado, la Corte Suprema dejó sin efecto un artículo clave de esa norma. El silencio era parte del menú.

El testimonio que nadie tradujo

El testimonio que nadie tradujo

La soldado israelí conectada desde Beer Sheva habló diez minutos. Dijo que su hermana pequeña duerme en el sótano desde el 7 de octubre y que las bases militares están «más vacías que nunca». Contó que las mujeres soldado ahora patrullan con pañales porque no hay tiempo para ir al baño. El público aplaudió. Pero nadie preguntó cuántos palestinos murieron ayer en Rafah. La pregunta quedó flotando como el humo de los cigarrillos electrónicos que usan las influencers en el backstage.

El periodista Gabriel Astrovsky, especializado en Medio Oriente, cerró con una revelación que nadie escuchó: el 80 % de los jóvenes judíos argentinos que se alistan en el ejército israelí lo hacen para obtener un pasaporte europeo. La cifra habla por sí sola: la diáspora ya no cree en la «refugio permanente» que pregona la DAIA.

La foto que nadie quiso

La foto que nadie quiso

En la puerta del Colón, un grupo de empleados del teatro observaba la entrada de los invitados. «Es la misma jueza que levantó el cierre de la obra de Nicolás Dromi», murmuró un vigilante. Se refería a 2019, cuando Weinberg de Roca ordenó suspender la función de «Amor y guerra en el Primer Mundo» tras una demanda de la AMIA. La orden duró 48 horas. Ayer, en el foyer, la misma magistrada posó con la nueva directora del Colón, Gerardo Grieco, que le agradeció por «abrir las puertas del teatro a la comunidad». El círculo se cerró: la censura convertida en foto de empresa.

La artista Karina El Azem intentó regalar una litografía con la palabra «Justicia» escrita en hebreo y árabe. La recepcionista de la DAIA la detuvo: «No está en el protocolo». El cuadro terminó en la basura de reciclaje, entre botellas de agua y programas impresos.

El posteo que se borró y el expediente que no

A las 14:30, Luli Ofman subió un Instagram con la jueza y la leyenda «Power women». A las 15:00 el post desapareció. Fue la misma hora en que el abogado Hernán Najenson recibió un WhatsApp: «¿Viste que la Weinberg está en el acto? Nos la tenemos que comer en la causa». Se refería al expediente que investiga amenazas contra el periodista mapuche Martín Siciliano. La jueza aún no se excusó. El Código Judicial establece que un magistrado debe apartarse cuando «pudiera influir en la opinión pública sobre la parte». Pero aquí la parte es un pueblo entero.

La DAIA cerró el evento con un video de Mauro Berenstein, su presidente, arengando a «seguir adelante». En los pasillos, una empleada recogía las bandejas de medialunas. «Cada año vienen más ministros y menos vecinos», dijo. La frase quedó flotando como la pregunta que nadie se atrevió a formular: ¿Cuánto cuesta una foto con la jueza que decide si un palestino puede o no ser extraditado? La respuesta está en el silencio que dejan los zapatos de tacón al salir del Colón: un eco de hormigón y oropeles que ya no disimula el desgaste.