La familia de alexander taboada lucha contra el reloj mientras chile prepara el fin de la búsqueda

Alexander Taboada se tragó el Pacífico. El mar que durante años le dio trabajo —redes de nylon, frío de madrugada, cerveza en lata para olvidar el dolor de espalda— ahora se niega a devolverlo. Han pasado cinco días desde que la lancha de sus compañeros volcó frente a Guanaqueros, en la región chilena de Coquimbo, y la Armada ya anuncia el cierre del operativo. Dos cuerpos flotaron: uno amarrado al casco, otro varado en la arena. El tercero, el de Taboada, sigue en deuda con la pleamar.

El viento anómalo que cambió todo

César Cirlufu, su hermano, repite la frase como quien reza: «vientos anómalos». Un cambio súbito de dirección que volteó la embarcación cuando regresaban de faenar. En Piura, donde nació Alexander, eso se llama “la vuelta del diablo”: aparece sin avisar, azota el mar y desaparece. Pero aquí no hay folklore; hay un hombre de 38 años que se ganaba la vida lejos de casa y ahora es un objeto perdido en el radar.

La Armada de Chile cumplió el protocolo: helicópteros, lanchas rápidas, buzos de combate. Encontraron lo que flota. Lo que se hunde… eso cuesta más. El lunes 30 le dijeron a la familia que «la búsqueda culmina». Traducción: el presupuesto se agota. Céser traduce de inmediato: «Nosotros no». Anunció que irá al Ministerio de Relaciones Exteriores en Lima a exigir buzos peruanos, barcos de aguas profundas, fondos para seguir rastreando. «Queremos traerlo de vuelta, aunque sea para darle una misa y una fosa», dice. No pide mucho: solo que el mar devuelva lo que se llevó.

La madre de 67 años que espera un cuerpo que no llega

La madre de 67 años que espera un cuerpo que no llega

En el distrito de Vice, provincia de Sechura, doña Mercedes levanta la mirada cada vez que escucha un carro. Piensa que puede ser el hijo, aunque el cerebro le grita que Alexander anda a 3 500 km. La última vez hablaron por WhatsApp: una foto suya con el atardejo rojo de Coquimbo al fondo. «Allá se gana más, mami», le dijo. Ella le contestó: «Pero el mar ajeno es ajeno». No se equivocó.

Mientras tanto, en Guanaqueros los turistas toman jugo de maracuyá y suben selfies con el oleaje. Nadie nota que, a pocos metros, un cuerpo puede estar suspendido entre dos corrientes. La Armada retira los carteles de “zona de búsqueda” y la familia calcula cuánto cuesta alquilar una lancha privada: 1 200 dólares diarios, sin garantías. La cifra habla por sí sola: encontrar a un pescador artesanal en el Pacífico es más caro que lo que él ganaba en un año.

La Cancillería peruana promete «gestiones». El consulado en Santiago envía un oficio. El tiempo, sin embargo, no lee memorándums: cada hora que pasa el cuerpo se desinfla, se llena de agua, desciende. Y la familia, atrapada entre tramites y la rabia, solo pide que alguien siga echando redes. Porque Alexander no puede quedarse en aguas chilenas para siempre: «Él es de Piura, del manglar, del río, del calor. No del frío», dice César. Y el mar, a veces, acaba devolviendo lo que se lleva. O eso rezan.