La iglesia mexicana rompe el discurso suave: semana santa sin disfraces
Mientras el país se llena de destinos turísticos y paquetes de “descanso”, la Arquidiócesis de México lanza una advertencia que suena a pedrada en el espejo: esta Semana Santa no es una postal más ni un long weekend con sabor a romería.
En el editorial Desde la fe advierten que la liturgia de 2025 no se repite: “Su contenido y su influencia no se repite”. Traducción: el guión ya no es el mismo, y el que se quede en la platea, afuera.
Del “¡hosanna!” al “¡crucifícalo!” en 72 horas
La homilía apunta al microclima emocional del mexicano promedio: fervoroso cuando la religión no molesta, pero capaz de cambiar de bando cuando la cruz toca su propio bolsillo. La Arquidiócesis desenmascara esa volubilidad con dos versículos de Mateo que bastan para recordar que la muchedumbre que vitorea también lincha.
Lo que nadie cuenta es que el texto no apela a la emoción barata; apunta al dato duro: 97,8 millones de mexicanos se declaran católicos, el segundo contingente del planeta, pero el Pew Research ya detectó una fuga de nueve puntos en la última década. El mensaje es claro: el número infla, la fe adelgaza.

El espejo que quema
El editorial invita a “colocarse frente a un espejo incómodo”. No se trata de autocomplacencia ni de selfies con ramos de palma. Se trata de revisar la propia incoherencia: la misma que enciende velas el Domingo de Ramos y el viernes siguiente justifica el soborno para “agilizar” el trámite.
La frase que retumba: “La Resurrección no es solo la confirmación de quién es Cristo; revela quién podemos llegar a ser”. En otras palabras, el milagro no es subir al cielo; es levantar el país desde el infierno de cifras que ya conocemos: 73 millones en pobreza, 95 % de impunidad, un salario mínimo que no alcanza para la canasta básica.
La apuesta que no admite medias tintas
La jerarquía católica lanza una controferta radical: dejar atrás la “espiritualidad de aplausos” y abrazar la fe que permanece “incluso en la cruz”. Es decir, la que se sostiene cuando el hijo se va al norte, cuando la factura de la luz se dispara, cuando el hospital no tiene medicamentos.
La Semana Santa, concluyen, no es un capítulo de Netflix que se puede saltar; es la temporada en la que Dios lee la partitura de México y encuentra falsas notas. La pregunta que queda flotando en el aire del Centro Histórico ya no es si se cree en la Resurrección, sino si se está dispuesto a pagar el precio de resucitar algo que parecía perdido: la dignidad cotidiana.
La liturgia termina, el reto empieza. Y la próxima encuesta del Pew ya anda en la calle.