La romana enciende el termómetro: 31 °c y un 61 % de posibilidad de que el cielo se descuelgue
La Romana amanece hoy con el aire pegajoso de quien ya sabe que va a sudar. A las 10 de la mañana el mercurio ronda los 28 °C y la brisa del Caribe se ha convertido en un secador portátil. El Instituto Nacional de Meteorología advierte que la máxima trepará hasta los 31 °C, pero con el índice de humedad será como caminar dentro de una ducha prendida.
El sol castiga con índice 11: piel al rojo vivo
Lo que nadie cuenta es que el índice ultravioleta alcanza el nivel 11, el techo de la escala. En la playa de Bayahíbe los vendedores de sombrillos ya han agotado la primera remesa. La piel morena de los albañiles que levantan el nuevo hotel en Casa de Campo empieza a cuartearse a las nueve de la mañana. «Aquí no hay primavera, hay microondas», dice Altagracia de los Santos, 54 años, mientras limpia el polvo del Jeep que estaciona en la avenida Libertad.
La lluvia acecha con un 61 % de probabilidad entre las 11 y las 4. No será la tromba que arranca tejados en Samaná, pero sí la que cala los zapatos y obliga a los motoristas a refugiarse bajo los puentes. Los 39 km/h de ráfaga durante el mediodía pueden volcar una moto con parrilla de cerveza. A las 8 de la noche bajarán a 35 km/h, lo suficiente para que el calor se quede pegado a las sábanas.

La noche no da tregua: mínima de 21 °c y 42 % de nubes que atrapan el calor
El turista que llega desde Madrid y piensa que «en el Caribe por la noche se refresca» se lleva el chasco de dormir con el aire a 18 °C y aún así despertarse empapado. La nubosidad nocturna, apenas un 42 %, actúa como manta térmica. El mar está a 28 °C; ni siquiera el baño de medianoche alivia.
La Romana, como toda la costa sur, vive el amago de la temporada de lluvias que empieza en mayo y se desangra hasta noviembre. Los ingenieros de la central azucarera recuerdan que un solo día de aguacero puede tirar 200 toneladas de caña al lodo. El año pasado, un chaparrón tardío en octubre dejó 72 mm en cuatro horas y colapsó la circunvalación. La ciudad entera olía a melaza fermentada durante una semana.
Mientras tanto, en la oficina meteorológica de Santo Domingo siguen mirando el satélite: frente tropical a 450 km, pero que se desvanece. «Nos salvamos por ahora», dice el meteorólogo Rafael Carrasco, «pero La Romana es un sartén: cuando el sol aprieta, el asfalto late». Y late a 48 °C bajo el pie descalzo.