Las botas de presoterapia no adelgazan: la advertencia que nadie lee
El mercado de dispositivos de recuperación doméstica lleva meses inundando los feeds de Instagram con botas de compresión que prometen piernas ligeras, cuerpos esculpidos y recuperaciones exprés. El problema es que la fisiología no entiende de algoritmos. Sara Mogedano y Carlos Romero, profesora adjunta y catedrático de Fisioterapia de la Universidad Europea respectivamente, han puesto sobre la mesa algo que los creadores de contenido raramente mencionan: estos aparatos tienen contraindicaciones reales y sus efectos estéticos son, en el mejor de los casos, temporales.
Lo que la presoterapia sí hace, y lo que no
La técnica en sí no es nueva ni fraudulenta. La presoterapia aplica compresiones neumáticas intermitentes para movilizar la linfa y mejorar el retorno venoso, y en entornos clínicos tiene un uso perfectamente justificado. Mogedano lo explica sin ambigüedades: un equipo de calidad puede facilitar el desplazamiento de líquidos acumulados en los tejidos, generando alivio y reducción de hinchazón a corto plazo. La palabra que importa aquí es corto plazo.
Porque lo que ven quienes se suben a la báscula o se miran al espejo tras una sesión no es pérdida de grasa. Es movilización de líquidos. El tejido adiposo permanece intacto. La reducción de volumen desaparece con la misma velocidad con la que llegó, y el origen del problema, sea circulatorio o estético, no ha sido tocado. Eso no lo dice el prospecto de las botas que se venden en grandes superficies por doscientos euros.

Cuando la presión se convierte en riesgo
Romero va más lejos. La aplicación de presión externa puede empeorar condiciones como trombosis venosa profunda, infecciones activas o trastornos cardiovasculares descompensados. No es un riesgo teórico ni menor. Y el riesgo escala cuando el dispositivo está en manos de alguien que no conoce sus propias contraindicaciones, que es exactamente el perfil del usuario doméstico medio que compra estas máquinas después de ver un vídeo de treinta segundos.
Nadie en esos vídeos habla de trombosis. Nadie menciona que hay patologías en las que aplicar presión externa es directamente peligroso. El discurso se construye sobre testimonios de recuperación deportiva y primeros planos de piernas que parecen más estilizadas. La información clínica, si aparece, lo hace en letra pequeña o en los últimos segundos.
El papel de los influencers en esto no es menor
Romero señala algo que en el sector sanitario lleva tiempo generando incomodidad: la promoción en redes sociales de estos dispositivos aparece frecuentemente asociada a rutinas de recuperación o cuidado estético sin especificar sus indicaciones reales. Dicho de otro modo, se vende como si fuera un masaje glorificado cuando en realidad es una intervención sobre el sistema circulatorio.
Los creadores de contenido que promocionan estos aparatos tienen, según los expertos, la obligación de garantizar que la información que llega al público sea rigurosa y segura. Es una posición razonable. También es una posición que choca frontalmente con los incentivos del marketing de afiliación, donde la conversión importa más que el matiz clínico.
La presoterapia no es una estafa. Usada correctamente, bajo criterio profesional y con indicaciones precisas, tiene su lugar. Lo que sí es engañoso es el ecosistema comercial que la rodea, ese que convierte una herramienta de fisioterapia en un producto de belleza de consumo masivo. Mogedano y Romero no piden que se retire del mercado. Piden que se deje de mentir sobre lo que hace.