León xiv rompe el silencio: «depongan las armas» en su primer domingo de ramos
Miles de palmas agitaron el aire de la plaza de San Pedro mientos el papa León XIV gritaba desde el balcón central: «¡Depongan las armas, recuerden que son hermanos!». La frase estalló como un trueno en la primera misa de Ramos del estadounidense Robert Prevost, y en Roma ya se rumorea que ese grito será el eje de una Semana Santa que promete desviarse de los gestos protocolarios de su antecesor.
El regreso a letrán y el fin de la misa en la cárcel
La liturgia apenas había concluido cuando la Santa Sede confirmó el cambio que los curiales murmuraban desde hace semanas: la misa del Jueves Santo regresa a la basílica de San Juan de Letrán, la catedral oficial de la diócesis de Roma. Con ello, León XIV rompe la tradición de Francisco, que trasladaba el rito a cárceles, centros de migrantes o campos de refugiados. «No es un paso atrás en el compromiso social —aclara un monseñor que prefiere el anonimato—, sino una señal de que el culto primero se le debe a Dios y luego al testimonio».
En la homilía, de veinte minutos, el papa no citó guerras concretas, pero sí dejó caer una andanada contra quienes «utilizan al nombre de Dios para justificar enfrentamientos». La frase fue interpretada en la plaza como una estocada a los líderes que invocan la fe para legitimar invasiones o bombardeos. «No se armó, no se defendió, no libró ninguna guerra», repitió tres veces, como si quisiera grabar la frase en la piedra vaticana.

El obispo bello y la paz que se niega a amanecer
Para cerrar el círculo, León XIV se apropió de un texto del obispo italiano Tonino Bello, asesinado por la mafia en 1993: «Que los destellos de las guerras se estén reduciendo a luces crepusculares». El deseo sonó a deseo, porque en ese mismo instante los noticiarios europeos daban cuenta de nuevos bombardeos en Ucrania y Gaza. «La liturgia se adelanta a la cronica —me dijo una religiosa mexicana mientras doblaba su palma—; el problema es que la crónica nunca se detiene».
La plaza se vació con la lentitud de quien no quiere irse. Muchos se quedaron grabando el olivo que el papa bendijo y que ahora lucirá en sus salones como reliquia de un Domingo de Ramos que, para bien o para mal, ya no es solo un preludio de Pascua, sino el primer test de fuego de un pontífice que ha decidido hablarle al mundo con voz de profeta y programa de gobierno.