Los hutíes vuelven al ataque y el comercio mundial se encoge

La noche del sábado, cuando la mayoría de los armadores dormían confiados, la misión naval de la Unión Europea EUNAVFOR ASPIDES soltó un aviso que hiela la sangre: los rebeldes hutíes del Yemen han reanudado los ataques en el mar Rojo y el riesgo para los barcos mercantes acaba de pasar de moderado a alto. No es una mera actualización de seguridad. Es la señal de que el 12 % del comercio marítimo global puede volver a desviarse miles de millas, como ocurrió hace apenas un año, cuando los misiles y drones yemeníes obligaron a las flotas a dar la vuelta a África y los precios de los contenedores se dispararon un 300 %.

La tregua se rompe en bab al mandeb

Desde el 9 de octubre de 2025 el estrecho de Bab al Mandeb parecía un lago. El alto el fuego en Gaza había paralizado la maquinaria de guerra de los hutíes y el paso sur de Suez recuperó su ritmo. Pero el 28 de marzo, apenas cinco meses después, los insurgentes lanzaron de nuevo misiles contra blancos que, según ASPIDES, “podrían ser los primeros de una escalada sin retorno”. La UE eleva la amenaza a nivel “alto” para cualquier buque que vuele bandera estadounidense o israelí y recomienda a los demás “extremar precauciones”, una frase diplomática que en la jerga marítima significa: contrata guardias armados, cambia ruta o acepta primas de riesgo que doblan el coste del flete.

La jugada no es aislada. En paralelo, el estrecho de Ormuz lleva bloqueado un mes desde que Washington y Jerusalén declararon la guerra a Irán el 28 de febrero. Allí, el 20 % del petróleo mundial aguarda un permiso que no llega. Sumado al 12 % que fluye por el mar Rojo, el resultado es un doble estrangulamiento de la economía global: energía por un lado, contenedores de todo lo demás por el otro. La industria naviera ya calcula que si ambos conflictos se alargan se necesitarán 250 buques adicionales para mantener los mismos tiempos de entrega, algo que ni los astilleros chinos pueden absorber en 2025.

El precio lo pagará el consumidor

El precio lo pagará el consumidor

Mientras los analistas revisan al alza el coste del crudo, los supermercados europeos empiezan a notar retrasos en cargamentos de té, café y electrónica que llegan desde Asia. La vuelta al Cabo de Buena Espera añade 3 500 millas y 14 días de travesía. Cada contenedor que se demora genera una cadena de penalizaciones que termina en el precio final del producto. La última vez que ocurrió, en 2024, un microchip subió un 18 % y una lavadora, 70 euros. Ahora la inflación aún no ha digerido el anterior golpe y el Banco Central Europeo teme un nuevo empujón alcista.

En Sanaá, los hutíes celebran el regreso al escenario con eslóganes que prometen “derribar la arrogancia de los sionistas”. En Bruselas, los diplomáticas calculan cuántos fragatas pueden desplegar sin dejar desguarnecido el Mediterráneo. Y en Ginebra, los seguros maríticos ya fijan la prima por transitar el Red Sea en 1,5 millones de dólares por barco y viaje, una cifra que supera el beneficio de muchas rutas. El círculo vicioso está servido: cuanto más caro es asegurarse, más se encarece el producto; cuanto más sube el precio, más poder adquisitivo se erosiona. Y cuando el consumo se resiente, la recuperación se aleja otro trimestre.

La lección es brutal: un misil de 20.000 dólares lanzado desde un pickup en las montañas de Yemen puede desencadenar una factura global de miles de millones. Mientras nadie apague los fusiles, el planeta seguirá pagando el pato. La próxima vez que un contenedor tarde tres semanas en llegar, mire el ticket: parte del recargo nació en el mar Rojo, donde la paz duró exactamente 170 días y se rompó con el mismo sigilo con que llegó.