Los perros abandonados se comen al jaguar: la amazonía ya no tiene rey

La selva dejó de rugir. Donde antes resonaba el bramido del jaguar, ahora se escucha el gañido de una manada de perros asilvestrados que, en menos de una década, han convertido al emperador de la Amazonía en una especie prófuga. Los primeros cuerpos aparecieron el invierno pasado: dos hembras flacas, las mandíbulas destrozadas, los costados abiertos por dentelladas que no eran de ningún felino. Los biólogos tardaron semanas en aceptar la evidencia: los canes que el hombre descartó están desplazando al Panthera onca de su trono. La cifra habla por sí sola: en el tramo brasileño de la cuenca, la población de jaguares se ha desplomado entre un 25 y un 30 % desde 2018.

La invasión que nadie vio venir

Los perros llegaron como la basura que es: arrastrados por la carretera BR-319, expulsados de pueblos que crecen sin control, abandonados a su suerte tras la fiebre del oro o la soja. Hoy se calculan media docena de manadas —entre 40 y 60 animales cada una— merodeando desde Humaitá hasta Manicoré. No son los cánidos domésticos de siempre: han recuperado la táctica de caza en grupo, desentierran nidos de charapa, desmantelan camadas de pecarí y, cuando el bocado escasea, se lanzen contra el depredador que siempre les tuvo miedo. La selva, que no conocía enemigo, ha aprendido a huir.

Lo que nadie cuenta es que el jaguar ya venía herido. La deforestación le arrebató 13 000 km² de territorio en 2022-23, la cacería furtiva le quitó la mitad de sus presas preferidas y el fuego le obligó a cruzar ríos y carreteras donde antes había copas. Apareció más flaco, con costillas marcadas y cicatrices de bala. Entonces llegaron los perros. No lo enfrentan en duelo limpio: lo cercan, lo distraen, lo desgastan hasta que alguno logra morderle la columna. Los científicos del Instituto Mamirauá han documentado ya nueve combates mortales en el bajo Juruá; en tres de ellos, el jaguar acabó destripado.

El hueso que sostiene la selva se resquebraja

El hueso que sostiene la selva se resquebraja

El jaguar es el regulador silencioso: controla capibaras, tortugas, pecaríes e incluso el comportamiento de los herbívoros que dejan de pisar zonas donde huele su orina. Quita al jaguar y la cadena se vuelve loca. Los capibaras se reproducen sin freno, devoran hectáreas de pastos acuáticos y alteran el curso de los canales. Las tortugas, sin depredador que rompa sus caparazones, saturan playas de desove que antes eran rotativas. El resultado: pantanos que se entulan, peces que se ahogan, comunidades ribereñas que pierden su proteína barata. La selva entera gime por un hueso que ya no encaja.

El gobierno de Lula prometió un plan de emergencia en marzo. Llegaron cinco veterinarios, 200 trampas de castración y un fondo de 3 millones de reales que aún no se ha desembolsado. Mientras, los pueblos ribeirinos improvisan recompensas: 50 reales por cada perro muerto. La medida, tan brutal como comprensible, solo agrava la crueldad: los canes apresados con palos terminaron envenenados y sus cadáveres contaminaron los arroyos. La solución no es matar, advierte Carlos Durigan, director de la ONG WWF-Brasil: «Hay que romper el ciclo de abandono humano, no el de la naturaleza».

La última trinchera se llama comunidad

La última trinchera se llama comunidad

En la reserva Uacari, los jóvenes del grupo Jupavé montan collares satelitales a cuatro jaguares y recorren 40 km diarios con fusiles de pintura para marcar a los perros y devolverlos a los pueblos donde alguien alguna vez los llamó «Fiel». La estratega es simple: castrar, vacunar y devolver al dueño original la factura de su abandono. En Parintins, la escuela indígena Tuyuka incluye en su currículo la materia «jaguar-escuela»: los niños aprenden a reconocer huellas, a instalar cámaras trampa y a negociar con haciendas para que dejen de soltar mascotas al río cuando ya no dan utilidad. La clave, repiten los maestros, es convertir al jaguar en un vecino que genera ingresos: turismo de avistamiento, carne de pecarí certificada y cacao de sombra que se vende 30 % más caro cuando lleva su sello.

La última foto que llega al Instituto Nacional de Investigaciones de la Amazonía es la de una hembra de jaguar con dos cachorros, captada el 14 de junio en la margen derecha del Purús. Se la bautizó Esperanza. Lleva cicatrices frescas en el lomo y una pupila que aún fulmina, pero respira. Si logra criar, si los perros retroceden un centímetro, si el Estado cumple su palabra antes de que la selva se vuelva un pastizal, quizá la Amazonía recupere su trono. De lo contrario, el silencio que se expande desde el interior del bosque no será música de caimanes ni de insectos, sino el ladrido de una manada sin dueño que se cree dueña del mundo.