Los rojitos regresan a la ruta con el miedo pegado al asiento

San Juan de Miraflores respira aliviado y, al mismo tiempo, contiene el aire. Las combis rojas que antes llenaban la avenida Los Héroes volvieron a circular, pero apenas son diez por jornada, y cada chofer mira el retrovisor como quien revisa un punto ciego de la muerte. El martes 17 de marzo un sicario descargó siete tiros dentro de una unidad; tres cadáveres quedaron tendidos entre los asientos. Desde entonces, la flota entera se despidió del garage familiar y eligió la clandestinidad. Ahora, la necesidad —esa que no entiende de balas— los empuja de regreso.

La cuenta del riesgo: 10 unidades, 20 soles por vuelta, 0 garantías

La lógica es brutal. Si antes circulaban 70 combis, hoy no pasan de veinte. El número flota: diez cuando el sol asoma, veinte cuando la noche lo esconde. Cada conductor calcula: «Si me toca, al menos la plata de hoy alcanzará para el entierro». Uno de ellos, Edwin Mayta, 42 años, padre de tres, me lo dice mientras toma mate de coca en la esquina de Miguel Iglesias con Avelino Cáceres, justo donde cayó la ráfaga. «No hay seguro, no hay chaleco, no hay nada. Solo el volante y la promesa de que la Policía está “cerca”», ironiza.

La promesa, eso sí, llegó con nombre y apellido: Junior Wilfredo Huamaní Tapia, de 28, cayó el 20 de marzo tras diez horas de cacería. Lo atraparon en una casa de Morocuchos, a cuatro cuadras del crimen. El video de seguridad lo muestra tan tranquilo que parece un repartidor de pizza, no un sicario. La PNP habla de “ajuste de cuentas entre bandas de cupos”; los chofers traducen: alguien quería cobrar por el derecho de trabajar.

El negocio del miedo: 12 mil soles semanales que nadie declara

El negocio del miedo: 12 mil soles semanales que nadie declara

Lo que nadie susurra en voz alta es la cifra: cada unidad paga entre 80 y 100 soles semanales por “seguridad” o “uso de paradero”. Multiplicado por 70 vehículos, son 7 000 soles diarios, 42 000 a la semana. Con la flota reducida a la mitad, la recaudación de las mafias se desplomó. El ataque, sospechan, fue un recordatorio. «Bajen la cuota o bajen ustedes», rezaba el mensaje.

La Municipalidad de San Juan anunció “patrullaje mixto” y 120 efectivos extras. En la práctica, dos motocicletas recorren la avenida cada tres horas. Los vecinos han contado los pasos: 78 por día, 78 oportunidades de que el sicario no regrese.

Mientras tanto, la ruta se siente como una ruleta. Las pasajeras —la mayoría mujeres que regresan del mercado— suben con la mirada baja. No se sientan atrás; ahí murieron las dos pasajeras. Prefieren la puerta, lista para saltar. «Antes reclamábamos por el pisado del chofer, ahora rezamos para que no pare», dice Lucía Velásquez, comerciante de 53 años que lleva tres días sin poder dormir.

El cierre invisible: familias que no llegan a fin de mes

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La otra mitad de la historia es la que no circulará nunca más. Doce chofers ya colgaron el uniforme: uno abrió un puesto de salchipapas, otro emigró a Chile, el resto espera que “se calme”. Pero la calma no paga cuotas escolares. Por eso, a las 5 a.m., Edwin Mayta vuelve a ponerle el candado a la puerta de su garaje, sortea el temblor de sus dedos y arranca. «Dicen que el miedo va en el asiento del copiloto. Mentira: va en el mío», concluye antes de perderse entre el humo diesel y la certeza de que, esta tarde, quizá no regrese.

En San Juan de Miraflores la vida sigue, pero a medio gas. La avenida Los Héroes conserva las marcas de bala en el asfalto como si fueran macetas vacías. Nadie las pinta. Cada hueco es un recordatorio: aquí la extorsión no es un delito, es un horario de trabajo. Y los Rojitos, reducidos a una decena de unidades, continúan su ruta con la única certeza de que, en esta ciudad, la muerte también pasa peaje.