Macron huye hacia asia para salvar a europa del petróleo iraní
El Élysée confiesa lo que Bruselas calla: sin crudo asiático, la factura energética francesa se dispara y la inflación come el sueldo de cualquier obrero de Renault. Por eso Emmanuel Macron abandona mañana París con rumbo a Tokio y Seúl, dispuesto a suplicar un salvavidas de gasoil antes de que el bloqueo del estrecho de Ormuz deje a Europa mirando a un bidón vacío.
La guerra que no se ve en los titulares
Dos meses de bombardeos israelíes y estadounidenses sobre Irán han convertido el estrecho de Ormuz en un túmulo de petroleros varados. El chantaje de Teherán es simple: si disparan, yo cierro la llave. Y Japón y Corea, que importan el 80 % de su crudo por esa rendija, han empezado a sudar. El precio del barril les ha subido un 34 % en seis semanas; el euro, se desmorona frente al won. La calma del mercado era una mentira.
Macron aterriza en Haneda con una carpeta llena de PPA (acuerdos de compra anticipada) y una propuesta que ya suena a desesperación: una «coalición voluntaria» de marina mercante escoltada por fragatas francesas cuando el fuego cese. Traducción: daremos barcos si ustedes, por favor, venden gas natural licuado a la vieja Europa. La primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, no se ha mojado: «Estudiaremos la iniciativa», dijo ayer su portavoz, mientras el ministerio de Industria negociaba a espalda de todos un contrato spot con Qatar.

Corea, el 140º aniversario que nadie celebra
El 2 de abril, Macron pisará Seúl con una comiticia de 45 empresarios. Traen bolsillos vacíos y expectativas desorbitadas: quién fabrique baterías de estado sólido, quién venda reactores nucleares tipo EPR. El presidente surcoreano, Lee Jae-myung, necesita dinero para su plan de chips y quiere que París le abra la puerta del G7 de junio en Evian. El trato: Corea apoya la misión naval francesa y, a cambio, obtiene un asiento de observador permanente en la cumbre y acceso preferente al mercado europeo de coches eléctricos. La foto será bonita; el fondo, un trueque a la desesperada.
¿Y qué hay de Ucrania, de Gaza, de los migrantes en Lampedusa? Nada. En el Elíseo filtran que «no es el momento». La agenda la marca el precio del barril, no el derecho internacional. Mientras, los 8.400 millones de euros que Japón le compra anualmente a Francia en productos de lujo se redujeron el mes pasado un 12 %. El champán no se bebe cuando el termostático marca 30 ºC y el aire acondicionado se apaga por falta de gas.
En el vuelo de regreso, Macron podrá contarle a Brigitte que la gira fue «exitosa»: firmaron cartas de intención, posaron con kimonos y compartieron sushi en el Kantei. Pero los petroleros seguirán atracados en Fujairah y el Brent rozando los 98 dólares. La diplomacia del abrazo no surte cuando el mundo funciona a base de combustible fósil. Francia necesita ese crudo como el siglo XIX necesitaba carbón. Y mientras tanto, en los semáforos de París, los conductores ya apagan el motor para no gastar. La factura llegará después del verano. Y no traerá postales de Tokio.