Mar tarres desnuda la obesidad que nadie quiere ver: su padre, sus 140 kg y la traición del propio cuerpo
La confesión de Mar Tarres empieza donde la mayoría calla: a los 35 años pesaba más de 140 kilos y le faltaban solo 20 para convertirse en su padre, el hombre de 350 kg que adoraba y que murió a los 49. En el mano a mano con Luciana Rubinska que publica Infobae, la actriz y empresaria desarma la fantasía del “amor propio” que venden las redes y muestra la cuenta regresiva que marcaban sus genes.
La infancia fue un corral de contradicciones: leche descremada, gaseosas light y la fruta del recreo mientras las compañeras mordían alfajores. “Me escondía para comer”, dice. El miedo materno a repetir la historia del padre terminó por escribir otra igual: adolescente obesa, vergüenza pública y la primera mentira que dijo fue “no tengo hambre”.
El monólogo que le devolvió la voz
Córdoba le dio la crisis universitaria y el estribillo que la haría famosa: “Minas jodidas”, un show de la gorra contra el Cacho que la dejó plantada. El tema arrancaba risas y terminaba en abrazos colectivos de mujeres que también habían llorado en un baño público después de romper una silla. De a poco, la actriz gorda que nadie quería vestir se convirtió en la gorda que nadie podía ignorar.
Pero el éxito no le cerró la boca al dolor. Pesaba 150 kilos cuando debutó en Bailando por un sueño y ensayaba ocho horas seguidas con tobillos que se negaban. “He roto más sillas que corazones”, suelta, y la frica retumba como un chiste que duele.

La traición del mercado y la traición propia
Primero fue la ropa: importaba talles grandes desde EE.UU. y se la vendía a sus seguidoras, pero la argentina promedio compraba el top “para tenerlo” y seguía usando el mismo vestido negro hasta el lunes. Después llegó la pandemia, el cierre de 17 locales y la deuda que la hizo llorar con el freezer lleno de helados.
Fue entonces cuando una amiga la empujó a la terapia. “No buscaba adelgazar, buscaba no morirme”, aclara. Empezó a desbloquear la ira contra el país, contra el banco, contra el espejo. Bajó 60 kilos sin operarse y se ganó un enemigo nuevo: las propias seguidoras que la acusaban de “traicionar” el cuerpo que les había servido de escudo.

La revancha que no es una foto
Hoy pesa 79 kilos, levanta pesas por primera vez a los 37 y lanza Dieta Free, un sistema de viandas que no promete bikini sino oxígeno. “No quiero ser flaca de vieja, quiero ser fuerte de vieja”, dice. Aún así, cada publicación desata una guerra en los comentarios: las que la extrañan gorda contra las que la felicitan por “por fin” entrar en la talla estándar.
Lo que nadie anota es que la cuenta sigue abierta: su padre murió a los 49 y ella ya tiene 37. El reloj genético no entiende de likes. Por eso cierra la entrevista con una frase que no da lugar al selfie trascendental: “Si algún día me parezco a mi papá, no va a ser porque me faltó aviso”.